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Vejez desvalorizada

Nuestros padres y abuelos cultivaron una creencia que subsistió hasta bien entrado el siglo 20: la de considerar que la sabiduría y la experiencia mejor decantadas eran atributos predominantes y por lo tanto valorables de hombres y mujeres de más edad.

Actualmente, estos dos rasgos distintivos del pasado, que a fuerza de habituales pudieron llegar a parecer inamovibles, se encuentran muy alterados. Por una parte, hoy hacen falta bastante más años que en aquel tiempo para ser considerado viejo. Por otra, poco y nada se espera ya, en términos de experiencia o conocimiento estimables, de quienes tienen más de 60 años y que en la Región de Ñuble alcanza al 18,9% de su población, esto es 91.200 personas.

Por un lado, la expectativa de vida se ha ensanchado, situándose en 81 años, pero por otro, el valor de la vejez ha sufrido una merma tan pronunciada que roza el desprecio.

Y si ahora los mayores empiezan a incursionar con cierta dignidad en edades hasta ayer inconcebibles, su palabra, en cambio, ha sido pulverizada por la descalificación creciente que reviste para los más jóvenes. Se vive más, pero con el paso de los años se significa menos.

Es bien sabido que este giro se explica, en parte, porque el cambio, al acelerarse en casi todos los órdenes, ha desbaratado un sinfín de presupuestos que, durante décadas, dieron sustento a las costumbres y fueron premisa de la comprensión de un amplio espectro de cosas. La fugacidad rige la presencia y el sentido de cuanto nos rodea, aun en los vínculos presuntamente más firmes.

El hombre ha aprendido a derrotar la adversidad en incontables terrenos y la prolongación de la vida es uno de ellos. Hoy existen terapias contra el envejecimiento que combinan el uso de nuevas medicinas con manipulación genética del ADN, o la utilización de las famosas células madre que pueden reparar todo tipo de órganos, como el corazón o los riñones.

Pero si bien la humanidad es una gran creadora, siempre estará sujeta a leyes que no produce ni controla. Estamos a su merced y, cabe presumirlo, siempre lo estaremos. Dos de esas leyes son preeminentes: la vejez y la muerte. No podemos eludirlas. No podemos escapar a los efectos que a todos nos impone el tiempo.

Esta verdad se ha vuelto en nuestros días particularmente hiriente. A medida que el hombre puede más parecería tolerar menos aquellas fronteras de lo real, que son precisamente las demarcadas por la vejez y la muerte.

De modo que, si los mayores han sido caratulados como aquellos que nada relevante tienen que decir a las generaciones que les siguen, eso se debe también a que encarnan algo profundamente desoído. Algo significativo que no se quiere ver ni escuchar y que, de ser atendido, bien podría contribuir a reconciliar, al menos en alguna medida, las posibilidades que la vida ofrecerá a los viejos del mañana.

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