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Verdadero amor por lo que se enseña

Yo no tuve profesores especialmente
sensibles al patrimonio local con dos mil
horas de perfeccionamiento, pero aquellos
maestros lo vivían en su realidad cotidiana.
La profesora que a mí me enseñó a leer en
Coihueco, su marido era un pequeño agricultor, un huaso, un hombre del campo que
encarnaba lo mejor de los huasos de esta
tierra. Es decir, un hombre directo, honesto,
un hombre generoso, que siempre invitaba
a mi padre a las actividades del campo,
particularmente, por ejemplo, a la esquila.
Y su esposa me invitaba a mi. Hoy día nadie
celebra como fiesta la esquila de las ovejas,
el corte de la lana. Allí se producían largas
conversaciones mientras se preparaba una
gran cazuela de cordero, donde los expertos eran generalmente los vaqueanos o los
arrieros y su cultura nómade.

Luego, en clase, aquella maestra me hacía
disertar sobre lo vivido en esa fiesta. Mis
profesores eran pueblerinos, y por lo tanto
vivían a fondo la cultura campesina patrimonial, la vivían sin necesidad de enseñarla,
porque sabían que al niño le entraría aquello
por osmosis. Nos quedaban grabadas más
las actitudes de ellos.

Recuerdo que una vez otro profesor nos
mostró en la sala un monito de monte, una
especie de marsupial que ya está extinguido
totalmente en Ñuble. Este profesor dijo que
era el marsupial más pequeño del mundo
y que todavía estaba en Coihueco. Y nos
reveló algo sensacional: “este animalito lo
trajo uno de ustedes en el bolsillo, y yo le
agradezco que no lo maltratara. Y mañana
él nos va a contar en que árbol estaba el
hueco donde se crían y que comida de hojas
le dejó allí para que sobreviva”. La lección
es clara: lo que enseña, lo que transforma,
lo que cambia a un niño, no es la cantidad
de conocimiento, si no el amor que él mismo tiene por lo que enseña. Y uno enseña
más por lo que lo mueve, por lo que vibra
efectivamente, que por todo lo que dice o
estudió que es valioso.

Pero aquella profesora que me enseñó a
leer fue decisiva en mí por otro gesto. De
ella recibí a los 7 años mi primer regalo
La lección es clara: lo que enseña,
lo que transforma, lo que cambia
a un niño, no es la cantidad de
conocimiento, si no el amor que él mismo tiene
por lo que enseña. Y uno enseña más por lo que
lo mueve, por lo que vibra efectivamente, que por
todo lo que dice o estudió que es valioso.
cuando terminaba el primer año básico. Yo
nunca había recibido uno menos en papel de
regalo. No era costumbre en ese pueblo que
los niños recibiéramos regalos de navidad
ni en los cumpleaños. Y llega el fin de año
y la profesora dice delante de todo el curso:
“Tengo tres regalos para los tres mejores
alumnos”. Y anuncia: “el primer lugar lo
ocupa mi alumno Ziley Mora y aquí entrego
su regalo”. Y oh emoción que me maravilla
por algo que nunca había visto: ¡un libro a
todo color! En casa solo había dos libros: la
Biblia y un Diccionario, que yo amaba como
a nadie y que serían tan importantes en mi
vida de escritor. Y descubro que se trataba de
otra biblia pero ilustrada para niños. Pero lo
que más me impacta es la dedicatoria. Porque
esas letras suyas estaban reflejando más
que un doctorado en educación, siendo ella
“apenas” una profesora normalista pero con
intuiciones profundas. Sus palabras irían a
cambiar mi existencia hasta el día de hoy. Ella
decidió mi destino porque decía textual: “A
mi mejor alumno, Ziley Mora, primer puesto
del 1ero A, vaya este libro sagrado para que
¡tú un día escribas libros tan sagrados como
este!”. Es fácil imaginarse cómo este breve
escrito impactaría el inconsciente de un niño:
un obsequio tan simbólico con una carga
sagrada. Es decir, no estaba regalando un
libro, estaba marcando a fuego un destino.
No hay duda que el tan potente significado
de esas palabras escritas me hizo escritor en
primer lugar, de los primeros libros que se
irían a escribir en Coihueco.

Después me dediqué a los libros del rescate
de la cultura mapuche, de la cosmovisión,
de la filosofía. Un día escribí un libro que
titulé “Yerpún: el libro sagrado de la cultura
del sur”. Y ahí, en la imprenta, al momento
en que me lo entregan, me acuerdo de la
dedicatoria de ese primer regalo de la profesora… Entonces, no hay que ser muy sagaz
para ser buen docente. Sólo se trata de ser
bien nacido, apreciar tu cultura, intuir lo
que traen dentro los niños, tener sentido
común y clara conciencia de amor de que
se enseña con los actos que uno hace (o que
no hace) y cómo se lo hace.

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