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Racionalidad ante el Simce

No hay duda de que la información que proporcionan tanto el Simce como el Diagnóstico Integral (DIA) ha demostrado ser útil para observar el avance o retroceso en algunos aspectos de la calidad educativa. Ambos instrumentos ilustran a las comunidades educativas respecto de aspectos formativos cognitivos, socioemocionales, y de convivencia en el propósito de proveer un mejor servicio educativo.

Los resultados del Simce en específico, proveen una mirada de conjunto que posibilita a nivel central, sea del Estado, o un sostenedor grande como los Servicios Locales, o de menor escala como fundaciones responsables de un solo establecimiento, puedan establecer metas de resultados, diseñar e implantar sistemas de mejora específicos, capacitar a los docentes en materias o metodologías puntuales, definir apropiados insumos pedagógicos (textos, materiales concretos, etc.), focalizar financiamiento en áreas que no habían sido detectadas como deficitarias, reforzar o innovar en el curriculum, y un largo etcétera. Al mismo tiempo, evaluaciones internacionales como Timms o Pisa (Chile participa en ambas, y también en otras dos importantes mediciones internacionales) proporcionan valiosa información respecto a aprendizajes y competencias que igualmente son de gran utilidad para los tomadores de decisión en áreas como las que acabo de mencionar.

Ahora bien, en la discusión respecto a si es oportuno suprimir o mantener el Simce, convendría tener presente un aspecto central que McKinsey & Company expuso en el informe publicado el 2007, “Cómo hacen los sistemas educativos con mejor desempeño del mundo para alcanzar sus objetivos”. Allí queda en evidencia lo importante que es contar con este tipo de evaluaciones estandarizadas para conformar un sistema de capacidades a partir precisamente, de esas evaluaciones periódicas. En un informe posterior, la consultora estratégica de carácter global reitera la utilidad de contar con evaluaciones periódicas como base para un plan de mejora educacional (”How the world’s most improved school systems keep getting better”, 2010).

Cabe precisar que el Simce desde que se aplicó por primera vez en 1982 a los cursos de 4º y 8º básicos ha tenido importantes innovaciones.

En la actualidad se miden más asignaturas y más niveles de estudio, incluyendo en algunas de esas mediciones, antecedentes cualitativos relativos a la convivencia escolar.

El problema en mi opinión, es que los líderes ejecutivos de los centros escolares no han contado con suficiente espacio ni recursos para que puedan gestionar con eficacia la información que brindan estas mediciones.

A partir de la evidencia en consecuencia, no parece razonable suprimir el Simce. Mejor resultaría que esta evaluación experimente una nueva fase de desarrollo y las autoridades proporcionen mejores condiciones para que los responsables directos de la enseñanza puedan gestionar con eficacia lo que sea del caso.

Si no se disminuye la burocracia y si no se proporcionan los espacios y recursos indispensables, difícilmente todo el caudal de información que proporcionan las evaluaciones estandarizadas tendrá utilidad.

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