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Otra forma de consumir

Las imperfecciones del modelo neoliberal en la producción de bienes y servicios ha traído al primer plano el concepto de comercio justo, que aunque es bien conocido, no había logrado movilizar a los agentes económicos y se mantenían en un cerrado círculo de agrupaciones ambientalistas y antisistema. Pero como en tantos otros ámbitos, la pandemia por el covid-19 ha puesto de manifiesto la vulnerabilidad de nuestro sistema económico, y las diferencias sociales y económicas que existen en nuestra sociedad, pero también nos ha mostrado mecanismos y herramientas que existen para salir de ella.

Y justamente la salida económica a la que nos enfrentamos ahora que comienza el desconfinamiento, tendrá mucho que ver con el consumo que hagamos cada una de las personas y las inequidades de un modelo que ha dejado a demasiadas personas atrás. Ante esta situación es más necesario que nunca el comercio justo, que sigue garantizando precios y salarios dignos a las personas que producen lo que consumimos, y respeto a sus derechos humanos y laborales.

Los expertos coinciden en que son tres las condiciones básicas que definen una transacción de comercio justo: la relación directa entre productor y consumidor, sin intermediarios o especuladores; un precio “justo”, es decir, el que permite al productor y su familia vivir dignamente de su trabajo, y el establecimiento de relaciones y contratos de largo plazo basados en el respeto mutuo.

El comercio justo agrupa a empresas de todo el mundo que trabajan con más de un millón de entidades productoras de 95 países con un modelo económico alternativo, que además del pago de un precio justo por las materias primas y los productos elaborados que comercializa, garantiza la igualdad entre hombres y mujeres, la protección del medio ambiente, que no exista trabajo infantil o trabajo esclavo o el pago de un porcentaje a las comunidades productoras para que se reinvierta en servicios esenciales para la comunidad, como salud y educación, cuya accesibilidad para todas las personas por igual es de máxima importancia, tal como se ha evidenciado en una crisis sanitaria como la que estamos viviendo.

Por supuesto, una consecuencia directa de esta forma diferente de comprar-vender es la creación de consumidores mucho más responsables y solidarios, que finalmente se benefician en todo sentido, al adquirir productos nobles, de los cuales no solo conocen el origen, sino también a quienes los hacen.

Un consumidor responsable será también aquel que esté atento a saber si en el proceso de producción se han respetado las condiciones de seguridad y salud del trabajo, o del medio ambiente, si hubo equidad de género y si no hubo explotación infantil.

En Ñuble, comienza a advertirse el interés por promover este concepto y han surgido redes y articulaciones locales, entre algunas empresas agrícolas, agrupaciones estudiantiles y organizaciones de la sociedad civil para promover el comercio justo y estilos de producción bajo conceptos agroecológicos.

Es de esperar que estos ejemplos se extiendan a otros ámbitos de nuestra economía donde se necesita de un cambio en las reglas y prácticas del comercio convencional. Un negocio exitoso puede, también, dar prioridad a las personas, construir relaciones justas y contribuir al desarrollo social.

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