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Juventud y crisis de la política tradicional

Existe en nuestro continente un marcado desafecto hacia las instituciones democráticas desde la década de los 90, lo que se ha ido extendiendo a prácticamente todo el mundo que cuenta con democracias electorales, salvo los países Bajos, en el norte de Europa. Esta insatisfacción no es con la democracia en sí, como forma de gobierno, sino con sus instituciones.

En Chile, por ejemplo, según el Centro de Estudios Públicos (CEP), la convicción de que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno aumentó después del estallido social del 18 de octubre, respecto de mediciones anteriores. Sin embargo, la satisfacción con el funcionamiento de la democracia se ubica en el mínimo histórico de 6%, la confianza en los tribunales de justicia es de un 8%, en el gobierno alcanza un 5%, un 3% en el caso del Congreso y un 2% en los partidos políticos.

Este descontento se encuentra en la base de las movilizaciones, donde sus protagonistas han sido jóvenes; un grupo que en la década de los 90’sse caracterizaba por el “no estoy ni ahí”, y que hoy vemos participando en organizaciones auto convocadas, opinando y ocupando los espacios públicos en las principales ciudades del país.

La oficina del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en Chile ha presentado recientemente su informe “10 años de auditoría a la Democracia, antes del estallido”, donde analiza cinco encuestas nacionales de opinión pública de entre 2008 y 2018. Dicho estudio confirma que el descontento con las instituciones de la democracia explican en parte, y desde una dimensión política, lo que está ocurriendo en Chile desde el 18 de octubre.

En un estudio más local publicado por el Grupo de Investigación en Ciudadanía y Equidad de la Universidad del Bío-Bío, el año 2014, ya se daba cuenta de que estaba ocurriendo un cambio en la forma de participación de las personas jóvenes en Ñuble, disminuyendo su inscripción en los registros electorales, su participación en los procesos eleccionarios y en la militancia en los Partidos Políticos, pero, estaba aumentando la participación política no tradicional, caracterizada por la existencia de colectivos autónomos, más contestatarios, en los que se validaba y legitimaba acciones directas para tratar de incidir políticamente en lo público.

Nos encontramos, entonces, con un escenario en que una proporción muy significativa de la población cree en la democracia en términos abstractos, pero evalúa mal todas sus instituciones, fundamentalmente las instituciones claves para el funcionamiento democrático representativo.Sin duda, uno de los desafíos con lo que nos encontramos, entonces, es avanzar en una agenda contra la desigualdadestructural, y también respecto del ejercicio democrático. Los países que hoy lideran las tasas de satisfacción con la democracia, son precisamente aquellos con menor índice de desigualdad. Estos desafíos deben ser centrales en la discusión que se genere respecto del proceso constituyente en Chile, abordarlos nos permitirá fortalecer la democracia y construir un país en que todas y todos nos sintamos participantes.

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