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Dilemas y debates

Nuestra historia es en gran parte la historia de los falsos dilemas que se han instalado en nombre de una visión estrecha y limitada de la realidad política, social y económica, donde solo existen casilleros blancos y negros.

Conviene entonces, justo ahora-en medio de incipientes debates sobre una nueva Constitución y una nueva gobernanza regional- detenerse a revisar esas falsas opciones que hemos dejado que nos impongan o nos hemos impuesto a nosotros mismos.

Durante años se nos presentó como un tabú inmodificable la contradicción entre agricultura e industria forestal. En este caso la realidad nos ha enseñado que contraponer el desarrollo rural al desarrollo silvícola es incurrir en un burdo anacronismo. Lo mismo ocurre con la división tajante entre el interés de los empresarios y el interés de los asalariados, siendo que ambos deben ser vistos como aliados naturales que se necesitan el uno al otro y están llamados a protagonizar auténticos procesos de cooperación.

Otro dilema estructural, tan falso como perturbador, es aquel que visualiza al mundo rural como sinónimo de atraso y pobreza, y a las concentraciones urbanas como el equivalente al desarrollo y bienestar humano. Si alguna vez tuvo asidero, fue hace un siglo. Hoy, probablemente es todo a la inversa, y el mundo rural está más cerca de ofrecer mejor calidad de vida por la vía de la autogestión y el progreso sustentable de sus comunidades.

La misma distorsión se constata cuando el sector público es visto como un enemigo natural del sector privado. Es obvio -sobre todo en un territorio como el nuestro, con tantas carencias, pero también oportunidades- que los dos sectores, cada uno en su rol específico, necesitan armonizar y combinar sus esfuerzos para impulsar el desarrollo y la competitividad. Del mismo modo, es irracional contraponer el aporte de las pymes al de las grandes empresas.

A las antinomias que hemos señalado se podrían agregar otras no menos artificiosas. Por ejemplo, la que supuestamente nos obligaría a optar entre producir valor económico y desarrollo con los recursos naturales de la región, versus la aspiración de preservar el medio ambiente; o aquella que intenta establecer un opuesto entre las competencias técnicas y las habilidades políticas a la hora de gobernar.

Dejar definitivamente atrás todas estas falsas opciones y tomar conciencia de que es posible avanzar hacia un crecimiento que no implique sacrificar o postergar ningún objetivo intermedio, ni dejar en el camino a nadie, es el gran desafío que tiene por delante la Región de Ñuble.

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