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La vulnerabilidad costera y las lecciones no aprendidas

El terremoto y posterior tsunami del 27 de febrero de 2010 generó importantes daños materiales en la zona costera de Ñuble, sin embargo, la cultura sísmica evitó que se debieran lamentar más víctimas fatales.

En Cobquecura, epicentro del movimiento telúrico, paradójicamente el tsunami no causó estragos, no solo porque el agua no inundó ninguna localidad de dicha comuna, sino también porque sus habitantes, concientes del riesgo que significaba un sismo tan fuerte, por iniciativa propia corrieron hacia el cerro en busca de protección.

Según el relato recogido por LA DISCUSIÓN en 2011, el pescador Germán Bustos recordó que “después del terremoto, saqué la camioneta y subí por el cerro hacia arriba, ahí pude ver cómo el mar se empezó a recoger, retrocedió más de 200 metros, se veían unas piedras que nunca se habían visto, parecían casas. Así estuvo un rato y luego apareció una ola que salió y vino a reventar acá, era más bien como un relleno que agarró unos botes y se los llevó, además de carpas y cosas de las personas que estaban acampando. Nosotros pensamos que podía haber un tsunami, pero afortunadamente eso no pasó”.

Investigaciones posteriores demostraron que el sistema de alerta de tsunamis no funcionó adecuadamente esa madrugada, de hecho, la alerta fue cancelada a las 4.49 horas.

Entre las muchas tesis que corrieron en Cobquecura para explicar el extraño comportamiento del mar, algunos afirmaban que “el mar nos respetó porque lo defendemos”, en alusión a la pelea que dieron para oponerse a la construcción de la planta de celulosa Nueva Aldea.

No obstante, desde el mundo científico poco después se aclaró que las características geomorfológicas del suelo marino frente a Cobquecura contribuyeron a reducir la fuerza y altura de la ola y el volumen de agua que ingresó a tierra.

Reconstrucción

En cuanto al daño material, el terremoto destruyó buena parte de las antiguas construcciones de Cobquecura, principalmente de adobe.

A partir del daño causado por la catástrofe, el Gobierno inició un plan de reconstrucción en las regiones afectadas. En el caso de Cobquecura, el Ministerio de Vivienda dispuso de un subsidio especial para la reparación y habilitación de la inafrestructura típica que caracteriza al balneario. Pero adicionalmente, se aprobaron recursos para la construcción de una costanera, tal como en otras localidades del litoral, con el objetivo de amortiguar el impacto de un eventual nuevo tsunami.

Lecciones no aprendidas

El tsunami dejó lecciones importantes que han sido aprendidas por la población que habita en zonas costeras, como la reacción inmediata tras un terremoto o alerta de tsunami, la identificación de vías de evacuación y zonas de seguridad, lo que ha ido acompañado de la instalación de señalética y simulacros de evacuación.

Asimismo, se ha intentado avanzar en la modernización de la Onemi, con modestos resultados, así como en la implementación de redes de comunicación de emergencia y sistemas de alerta, con limitados presupuestos.

A nivel geográfico, después del terremoto de 2010, los mapas de riesgos han sido clave para identificar las zonas de peligro en caso de catástrofe. Mediante una cartografía, se analizan los territorios, se estudian las capas para ver las construcciones que existen en los alrededores, además de establecer las redes de transportes y telecomunicaciones.

Alejandro Lara, académico del departamento de Arquitectura de la Universidad de Concepción, comentó que se establecieron políticas en materia de riesgos, sin embargo, no se han ejecutado como corresponde. “El político, como el ciudadano, tienen memoria a corto plazo. Sucedido el 27/F, autoridades y ciudadanía tomaron el tema como algo prioritario y se realizaron acciones. Por ejemplo, el gobierno de turno levantó el Plan de Reconstrucción del Borde Costero, pero muchos de los proyectos incluidos en la carpeta, estaban ya diseñados. Mucho de lo que se hablaba por esos días, nunca se ejecutaron. Se hizo mucho diagnóstico, pero se llegó siempre hasta ahí. No hubo concreción”.

Aseveró que una de las grandes lecciones que sacó la comunidad después del gran sismo fue la capacidad de resiliencia comunitaria, asociada a la capacidad individual de cada una de las personas.

Para el profesor de la Facultad de Ciencias Ambientales de la Universidad de Concepción, Ricardo Barra, “la vulnerabilidad de nuestras zonas costeras es otra de nuestras debilidades y, a pesar de que se ha avanzado en un plan para la gestión, falta aún una implementación más decidida debido a la existencia de una cada vez mayor infraestructura crítica en el borde costero. Dichato es un ejemplo icónico de lo que se puede hacer para recuperar una zona dañada por un terremoto y tsunami. La protección de la infraestructura costera, entonces, se transformó en una prioridad en la planificación de nuestras costas y es otra de las lecciones aprendidas del 27/F”.

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