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Un ejercicio de tolerancia activa

La expresión tolerancia viene del latín “tolerantia”, que significa “cualidad del que puede aguantar”. Luego, este concepto fue mutando desde una actitud de resignación estoica, hasta situarse en el plano de una relación más simétrica, entre los miembros del cuerpo social y entre las corrientes de pensamiento que se expresan en el seno de toda sociedad con capacidad de reflexión y pensamiento crítico.

Esto se traduce no en “ aguantar” al otro, sino a la aceptación de un pensamiento distinto al propio. Es más, hay quienes hacen una distinción aún más fina: distinguir la tolerancia pasiva de la tolerancia activa.

Tolerancia pasiva sería aquella en la cual un individuo o cuerpo social, se limita a aceptar o “aguantar” a quien piensa distinto, sin otra calificación o condicionante y sin mediar interacción entre las partes. No reconoce, la tolerancia pasiva, estar disponible para interactuar con ese otro sujeto que piensa diferente, y mucho menos estar dispuesto a llegar a un consenso o a un acuerdo y, eventualmente, revisar y cambiar de opinión después de interactuar con quien piensa distinto.

Este concepto, la tolerancia pasiva, carece de empatía, pues no se pone en el lugar del otro. Un buen ejemplo de esto es el escenario reciente, en el que un grupo de ciudadanos convocados a un proceso constituyente como el que fracasó el 4 de septiembre, no interactuaron entre sí, y unos se impusieron a otros simplemente por mayoría de votos, sin mediar consenso ni menos acuerdo. Dialogaron, pero no se escucharon, aunque parezca esto una contradicción. Eso explica el fracaso de la opción Apruebo en el plebiscito, no obstante tratarse de un acto democrático, pero impregnado de tolerancia pasiva, por lo tanto excluyente.

Como contrapartida a esto está la tolerancia activa, la que se caracteriza por generar un ambiente de diálogo en el cual se interactúa con quienes piensan diferente, sin condición previa, aun aceptando la posibilidad de cambiar de opinión, asumir parcial o totalmente la opinión del otro o en su defecto buscar un acuerdo como una síntesis de un proceso dialéctico, como es el diálogo entre personas que piensan distinto.

El espacio propicio para que se desarrolle la tolerancia activa, es la democracia y sus instituciones, las que tienen la misión de generar condiciones de diálogo que permitan llegar a acuerdos y consensos mínimos, en lo que algunos denominan pacto social.

Resulta interesante acoger en este contexto el matiz que diferencia a la tolerancia pasiva de la activa. La primera no construye paz social ni estabilidad política, en cambio la tolerancia activa construye futuro porque genera nuevas ideas y conceptos que surgen de confrontar ideas y posiciones diferentes, incluso opuestas.

Ese es el mensaje entregado por la ciudadanía a los redactores de la nueva Constitución: practicar el diálogo en el sentido más clásico, inspirado en la dialéctica socrática, y examinar las posiciones propias a la luz de la diferencia. La nueva Constitución debe ser la resultante de un sano ejercicio de tolerancia activa.

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