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Las historias de chillanejos que transitaron hacia su identidad de género

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“No somos raros, ni tenemos una enfermedad”. Ésa es la aclaración que se escucha desde la comunidad transgénero local cuando su realidad es foco de atención. Es un discurso que a veces les desgasta repetir, pero lo asumen como necesario cuando sus mensajes no encuentran el eco esperado principalmente en los sectores más conservadores o renuentes a aceptar la diversidad.

En una sociedad que avanza en abrir espacios de inclusión con la Ley de Identidad de Género y otras políticas públicas, aún prevalecen estigmas o discriminaciones que atentan contra la integridad psicológica o física de estas personas, ya sea provenientes desde sus propias familias o ajenas a su entorno social.

Para ellos, aún es necesario derribar prejuicios para sentirse aceptados tal como son: personas que transitan a una identidad de género o conducta distinta a la asociada con el sexo que se les asignó al nacer.

Por esta razón, levantan sus banderas de lucha en actividades que se han realizado en Chillán para abrir espacios de información e inclusión en el marco del Día de Acción por la Despatologización de las Personas Trans, celebrado el 22 de octubre, con ferias informativas y conservatorios que se han sumado a posterior. La muestra fotográfica “Frágiles”, presente hasta el 20 de noviembre en la Universidad de Concepción, es otro intento por contribuir a la promoción de la diversidad.

Isaac Fernández y De La Rosa Mardones, quienes posaron frente al lente fotográfico de los artistas de esa exposición, revelaron sus historias a La Discusión.

“Nacho”

A sus 23 años, “Nacho” es un joven chillanejo que trabaja como técnico en Enfermería cuidando a adultos mayores en Angol. Antes de cumplir sus 20, su nombre de pila era otro, asociado a su sexo al nacer, el que prefiere mantener en reserva, ya no figura en su carnet de identidad ni se relaciona con su aspecto físico actual, porque dejó de ser ella.

Desde pequeño, este joven trans binario, sentía que su forma de ser y de sentir no fluía acorde a sus características biológicas, por lo que esa incomodidad comenzó a crecer y también a emerger conductas más acordes al género masculino.

“Jamás me sentí cómodo con vestir faldas o cosas así, en los juegos ocurría lo mismo. Desde temprana edad me gustaban las mujeres. Después del tiempo me veía al espejo y no me sentía yo, no quería estar en ese cuerpo. Eso fue a los 12 años. No sabía lo que me pasaba. Cuando entré a la universidad me informé más y supe que era un chico trans”, comentó.

En época escolar, tenía “conflictos” con el personal del colegio, por no usar falda en actos institucionales, siendo apartado de estos. O la gorra, que ocupaba para simular un cabello corto, lo obligaban a dejar de usarla. Sin embargo, con sus pares, se sentía contenido.

Los cuestionamientos hacia su cuerpo, de sentirse en el “envase” equivocado, no fueron tema de conversación familiar en etapas tempranas, sino más bien una vez alcanzada la mayoría de edad, cuando se enfrentó a la intolerancia de sus padres por transitar del género femenino al masculino. Comentó que las relaciones están quebradas. Sin embargo, el apoyo que no encuentra en su círculo íntimo, lo recibe de su pareja, una joven que conoce desde la adolescencia.

“En mi familia son religiosos y muy cerrados de mente. Cuando les conté fue más difícil, porque cuando chico les comenté que me gustaban las mujeres y hubo una discusión. Me gritaron que no estaba bien. Y a los 20, ya tenía miedo, porque recordaba eso. Eran de la idea de que si nací así, tenía que casarme con un hombre. Hubo discusión igual, no hubo aceptación. Tratan de entenderlo, pero a la vez, me siguen criticando mucho. Al principio lo pasé demasiado mal, porque yo pensaba que no había hecho nada malo y que sacaba mis estudios, pero no están viendo ese lado bueno. De vez en cuando nos comunicamos. Es un lazo muy difícil. A mi hermano, de 16 años, le da lo mismo”, recordó.

“Paren de patologizar”

Desde 2021, “Nacho” accedió a atención en salud para reafirmar su “nueva” identidad de género, primero en el Cesfam y luego en el hospital de Chillán. Si bien valoró la existencia del programa pensado en su condición, para acceder sin costo a especialistas, exámenes y hormonas, reconoció debilidades del sistema de salud.

“Fue muy lenta y desesperante por el tema administrativo y cuando entré a una lista de espera, igual se demoró mucho. Estuve esperando un año y medio más o menos para entrar a conversar con la psicóloga. Su terapia me ayudó mucho, fue muy amable y sincera. Una buena acogida y demasiado útil. El aporte del psiquiatra nos permite entender el proceso en sí y cómo se tiene que luchar”, reveló.

“Cuando nos dan la testosterona es inyectable y cada tres meses. También hay cremas y gel a base de la misma. Los primeros cambios se van notando en la voz, hay muchos bochornos y en ánimo uno anda un poco más hiperactivo y enojón. Se hace difícil llorar. Es como vivir una adolescencia nuevamente. Aumenta el vello y también hay calvicie”, describió.

En la cotidianidad, Ignacio comentó que no ha sido menoscabado o blanco de discriminaciones, aunque sí sus pares. “Falta mucho (avanzar en tolerancia). Siento que las personas tienen un odio tan grande, que aun así hasta el día de hoy nos matan o nos tiran cualquier cosa en las calles. Hay generaciones más nuevas que igual hacen lo mismo. Creo que todo va en la enseñanza de los padres.(…) Ser trans no es un trastorno, no es una enfermedad, es una identidad. No somos menos persona”, aclaró.

“De La Rosa”

De La Rosa Mardones se identifica como persona trans no binaria, es decir, su identidad adopta aspectos tanto masculinos como femeninos. Antes era “él” por sexo asignado al nacer, pero desde que egresó del colegio, inició su transición.

Es chillaneja, estudiante de Antropología de la Universidad de Chile, bailarina de Ballroom, performer de travestismo cultural- folclórico y tarostista @so_delarosa.

Tiene 23 años y una pareja también trans no binaria. En la actualidad mantiene congelados sus estudios universitarios para dedicarse a cuidar su salud mental, tras sufrir situaciones traumáticas cuando fue a Europa para profundizar en la antropología de género.

“Cuando fui a España y al País Vasco sufrí mucha discriminación por ser visiblemente trans, por razones de homofobia y transfobia, entonces, cuando llegué a Chile llegué con mucha dificultad, como traumada un poco y decidí congelar para retomar el próximo año. Me faltaría solo un año para terminar mi carrera. (…) Uno piensa que tal vez en Europa están más avanzados que en Latinoamérica, pero en todas partes hay grupos que son marginados”, detalló.

Rosa reconoció que vestir con atuendo femenino, tener algunos rasgos físicos masculinos y usar maquillaje, es un peligro tanto en Europa como en Chile.

“Me podrían gritar cosas, acosar sexualmente, como intentar tocarme, ofrecerme algún tipo de actividad sexual. Eso me pasó y me hizo sentir desesperada. Ahí entré con estrés postraumático y tuve que empezar un tratamiento sicológico y también medicación. (…) Le tengo mucho cariño a Chillán, porque es mi origen y como antropóloga y activista tomo muchos elementos del folclor para mis propuestas de teatro o performances, pero igual me siento muy insegura en la ciudad. Siento que hay más problemas con los hombres que dicen cosas”, reveló.

Su familia ha logrado aceptar su realidad y reconciliarse tras manifestar una resistencia inicial.

“Las mujeres de mi familia siempre me aceptaron más, no fue un golpe tan fuerte, con los hombres ha sido muy complicado, pero con el tiempo me pidieron perdón y me terminaron aceptando. Las mujeres de mi familia me tratan por mi nombre inicial que elegí, De la Rosa o Rosa. Los hombres me siguen tratando por mi nombre muerto o inscrito en el Registro Civil hasta el día de hoy”, expresó.

En palabras de Rosa, “las personas como nosotras no somos tan deseadas ni amadas y cuando pasa, suele ser en secreto, porque a muchas personas les da vergüenza estar con nosotras. Eso nos hace sentir como muy invisibles o en una menor escala social”.

Le gustaría inscribir en el Registro Civil un nombre de pila femenino como “Catalina”, que reemplace al original masculino y que en el ítem “sexo” se pusiera una “x”. Sin embargo, hasta ahora no ha podido efectuar el cambio, por lo complejo que se torna el trámite.

“El primer carnet no binario recién salió el año pasado, de Shane Cienfuegos, en Santiago, pero con el tiempo espero que se pueda ampliar a regiones para personas no binarias, porque igual es un proceso legal no tan fácil. (…) No es tan sencillo como el cambio registral de hombre a mujer o viceversa”, destacó.

Aunque reconoció que hay avances en materia de inclusión, identificó deudas: “Aunque exista la Ley Zamudio no se aplica tanto, han existido muchos crímenes de odio y de ataques. Siento que no hay mucho resguardo para nosotras todavía. También en la Ley de Inclusión Trans, también se podría agilizar el proceso de nuestro carnet no binario y garantizar un cupo laboral trans, porque así hay una verdadera inclusión”

Apoyo en salud

A partir del año 2016 el hospital Herminda Martín inició el despliegue de iniciativas de apoyo a la identidad de género desde el enfoque no patologizante. En 2019 se implementó como tal el Programa de Identidad de Género, con el propósito de entregar una atención de salud integral a las personas trans o género no conforme.

Según informaron desde el complejo asistencial local, actualmente 98 personas adultas y 24 del grupo etario infantil acceden a las prestaciones de este programa, tanto en el área psicosocial, terapia hormonal, especialidades quirúrgicas y médicas, sin que su condición sea considerada una enfermedad.

Pueden acceder las personas derivadas de la red de atención primaria de la región, que se identifiquen como transgénero o bien necesiten orientación al respecto. Así pueden ser transmasculinos, persona que biológicamente es mujer y cuya identidad de género es masculina; o transfemeninas; al igual que las personas que se perciben no binarias y de género fluido.

“Nos interesa relevar que el sector salud es uno de los principales espacios en que estas garantías deben ser protegidas, entendiendo el género como un importante determinante social de la salud y siendo necesario disminuir cada vez más todas aquellas diferencias que se traducen en barreras de acceso a la salud y al bienestar integral”, enfatizó la directora del hospital de Chillán, Luz María Morán Ibáñez.

Creciendo conforme a la identidad

Adicionalmente, este año se puso en marcha el programa Crece Con Orgullo, para apoyar la salud integral de niños, niñas y adolescentes trans y género diverso (entre 3 a 17 años de edad), promoviendo en su entorno familiar la validación y el trato afirmativo a la identidad sentida. A su vez, apoyar a la comunidad educativa para que promueva un espacio protegido y seguro.

El programa cuenta con una dupla psicosocial conformada por una profesional de la psicología y una trabajadora social. A este pueden acceder menores derivados desde la atención primaria, de establecimientos educacionales o consultar directamente en el Hospital.

A la fecha, 18 menores han accedido a las prestaciones de este programa de acompañamiento psicosocial, que promueve herramientas sociales, cognitivas y emocionales para su desarrollo integral y saludable, afirmando su identidad de género e inclusión en todas las áreas de forma segura y protegida.

Con este programa, “reafirmamos nuestro compromiso con el derecho a la salud para personas que a lo largo de los años han sido vulneradas, estigmatizadas y discriminadas a causa de su identidad de género. Sabemos que las respuestas desde todos los sectores institucionales no han ido a la par de la urgencia, pero el activismo de la comunidad trans y nuestra convicción para reconocer a cada identidad el pleno ejercicio de sus derechos nos permiten seguir abriendo caminos y concretar estos avances”, reconoció la directiva.

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