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La historia de la profesora que salvó la vida de un chillanejo

Cinco personas que luchaban por sobrevivir en una carrera contra el tiempo,  no podrán olvidar jamás el último gesto que tuvo Marcela Iturra Araya, cuya vida se apagó el 27 de mayo pasado en el hospital regional de Concepción a raíz de una aneurisma cerebral.

Gracias a su acción, el chillanejo Cristian Pulgar puede volver a respirar. El folclorista y exfuncionario del hospital de Chillán fue sometido a un doble trasplante de pulmón que fue posible por la donación de la joven, de 34 años, quien trabajaba como educadora diferencial en el colegio San Diego de Alcalá en Huépil,  perteneciente a la región de Biobío y distante a 20 kilómetros de Yungay.

Leer más: La recuperación del chillanejo que recibió doble trasplante de pulmón

Su pasión era la educación y la llevó a perfeccionarse a través de un Magíster en Liderazgo y Gestión de establecimientos educacionales que estudiaba en la Universidad del Bío Bío en la sede Chillán.

“Era muy alegre, amiga de sus amigos, luchó por todos sus ideales y por la educación. Siempre estaba con una sonrisa en rostro que iluminaba a la gente. Le encantaba la música, sobretodo Sabina”, recordó su pololo Gustavo Galdames con quien mantuvo una relación por cuatro años.

Marcela, oriunda de Tucapel, era la única hija que tenía el matrimonio compuesto por Jaime Iturra y Benita Araya, quienes ya habían perdido un hijo.

“Sus padres lo único que quieren es saber y conocer las personas que recibieron los órganos. Ellos dentro de toda la pena están contentos y orgullosos con el gesto de Marcela. Igual fue una decisión difícil, pero la mamá quiso aceptar la decisión de su hija, que fue muy acertada”, comentó su pareja, quien se ha contactado con algunos de los beneficiados con la donación.

Un mes y medio permaneció Marcela en la UCI del hospital regional de Concepción tras sufrir en forma repentina un dolor de cabeza intenso a consecuencia de una aneurisma.

“Era una persona normal, de repente sentía dolores, pero lo que ocurrió fue un dolor fulminante que la llevó al hospital donde no salió más. Lo único que quería ella en ese momento era volver a trabajar, porque amaba su trabajo. Cuando le dieron la primera licencia se puso a llorar, sabía que era grave, pero quería cumplir con su labor”, dijo.

En palabras de Gustavo, cree que su polola vivió feliz e intensamente cada capítulo de su vida, ya que nunca se postergó o dejó algo “a medias”.

“Estoy demasiado agradecido de haberla conocido, por todo las alegrías que nos entregó tanto a mi, como su pololo, como también a sus amigos. Nos dejó un gran lección de vida y solidaridad hacia los demás. “Hay que ser feliz aunque solo sea por joder”, una de sus frases favoritas de Joaquín Sabina”, comentó.

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