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La peor retroalimentación

Cotidianamente nos abruman las noticias referidas a casos de violencia adolescente y juvenil, ya sea en las calles o en diversos lugares de diversión nocturna de Chillán. Los episodios que se registran revelan una elevada agresividad, que incluso en no pocos casos se han registrado en videos y emitido a través de las redes sociales. Esta suma de hechos penosos plantea, por una parte, fundadas interrogantes acerca de las causas que los originan y, por otra, la necesidad de encontrar respuestas positivas para un mal que daña a todos, menores y mayores.

Si se considera el problema con amplitud en el tiempo y en el espacio mundial, se advierte que la violencia es tan antigua como la sociedad humana, según se lo ha señalado a menudo. Sin embargo, esa afirmación conformista no satisface, por cuanto es lógico esperar un constante avance constructivo en las formas de la conducta, en vez del triste retroceso que hoy se observa. Si se delimita entonces la cuestión, tal como se da en la hora actual y en nuestro medio urbano, se trataría de examinar primero las variables de mayor incidencia en la promoción de los comportamientos violentos

El consumo de pasta base de cocaína se ha incrementado de manera preocupante en Chillán. Allí donde se la comercializa la delincuencia se dispara, el abandono escolar aumenta y la salud de los ciudadanos, en especial la de los jóvenes, se deteriora aceleradamente.

Quienes trabajan con adictos conocen perfectamente las situaciones que viven y cómo el síndrome de abstinencia, también llamada “angustia”, puede llevarlos a un nihilismo que los conduce fácilmente al delito en todas sus formas, incluidas las más violentas. El sistema en que opera la venta es de células, relativamente autónomas, que están protegidas y cuentan con personal que acompaña al comprador interesado. Esas células buscan asegurar el silencio del vecindario mediante la entrega de alimentos, medicamentos o dinero. Si esto no alcanza, siguen las amenazas y en no pocos casos las agresiones.

Esta descripción permite apreciar el cuidadoso modo de operar que hoy tienen estas organizaciones que se han enquistado en los sectores más vulnerables de la ciudad. La discusión sobre fórmulas para contener esta expansión de la pasta base convoca a múltiples argumentos. Algunos hablan de más mano dura; otros, en cambio, plantean que debe tratarse como un profundo problema social y sanitario. La magnitud del problema sugiere una combinación de ambos. Por una parte combatir con fuerza a los delincuentes que trafican y a quienes les sirven de apoyo, pero también crear las condiciones que reviertan la desigualdad y fortalezcan aquellos aspectos que hacen vulnerable a la juventud frente a la amenaza permanente que impone la pasta base. Para ello será necesario implementar políticas focalizadas de empleo, mejorar la protección en salud y fortalecer las propuestas de educación y de agentes terapéuticos, entre otros factores impostergables. La diversidad y la gravedad de los trastornos que se originan por el consumo de esta droga, sobre todo en los sectores más carenciados de nuestra sociedad, requieren el compromiso de todos para, antes de que sea todavía más tarde, terminar con este flagelo que destruye el presente y el futuro de las generaciones venideras.

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