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Un problema crítico

El agua dulce ya se acabó para los habitantes de vastas zonas del país, sin embargo aquí actuamos como si eso fuera una pesadilla que nunca nos tocará vivir.

Es un mal consuelo creer que se trata de un problema pasajero y local. La crisis del agua va más allá de la sequía, tanto en Chile como en el mundo. El agua dulce que hasta ahora ha sustentado los crecimientos de la población mundial, de la agricultura para alimentarla y de un sinnúmero de actividades que usan agua en sus procesos, representa aproximadamente un 0,4% del agua disponible en el planeta. Un 97,5% es salada y el saldo son glaciares, hielos eternos y acuíferos profundos hasta ahora inaccesibles.

Lo que alcanzaba para tiempos de nuestros abuelos, comienza a hacerse poca. No falta quien augura, que será motivo de futuras guerras en muchos lugares del globo.

En resumen, la escasez de agua es provocada por el crecimiento de la población mundial y de la actividad para sustentarla, así como también, por el calentamiento global y sus efectos.

No es casualidad que la “huella hídrica” (cantidad de agua usada en un producto, desde la tierra hasta llegar al cliente) ya le pise los talones a la “huella de carbono”, que es cada vez más exigida.

Desde estos datos globales, volvamos a nuestra realidad. Lo que vivimos como sequía transitoria puede ser un futuro constante. De hecho, todos los modelos globales coinciden en que se producirá una aridización de esta zona.

Desde lejos parecemos tener agua de sobra, sin embargo, en pleno invierno, comunidades de San Carlos, Trehuaco o Cobquecura, debieron ser abastecidas con camiones aljibes, pues no había agua para abastecimiento humano; mientras que en la agricultura las proyecciones son oscuras. Los productores temen una catástrofe, tanto por el déficit hídrico, como por la propagación de incendios forestales.

El desarrollo de Ñuble requiere de una gran voluntad y visión política, y en el caso del agua, de definiciones que son claves para otorgar certeza a las positivas proyecciones que tenemos, pues el cambio climático realmente sí presenta oportunidades para la región.

En ese sentido, mejorar la infraestructura de riego debiera ser el mayor desafío de las autoridades y de los agricultores, para avanzar desde cultivos tradicionales a otros más rentables y exportables. Lamentablemente, el camino ha sido demasiado lento respecto de lo que se necesita, y así nos quedamos atrás en eficiencia en el aprovechamiento de agua y también en obras de acumulación.

Sobran los grandilocuentes discursos y las propuestas faraónicas de carreteras hídricas, pero escasean cuando se trata de la crisis hídrica que ya se vive. Como si todos esperaran que la sequía termine, pero su final no alentara las inversiones en obras de riego, ni mejorara la fracasada institucionalidad que la gestiona, ni terminara con el vertedero de cantidades colosales de agua que va a dar al mar, lo mismo que la cultura del derroche en el hogar y en las actividades productivas.

Nuestros serios problemas de agua no terminarán con un invierno lluvioso o con la construcción de un embalse. Aprovechemos la sensibilidad que genera la sequía para abordar seriamente un problema crítico que hay razones para considerar grave y creciente. 

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