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Ruta de la muerte

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Los accidentes viales en la ruta que une a Chillán con Yungay han causado, desde 2010 a la fecha, más de 50 muertes, como también heridos de distinta gravedad, incluso personas mutiladas e incapacitadas de por vida. Esta cifra es por lejos la más alta de la región y una de las tasas de fallecidos más altas del país, considerando la relación entre cantidad de muertes y cantidad de vehículos.

La llamada “ruta de la muerte” -calificativo que indigna a los habitantes de San Ignacio, El Carmen, Pemuco y Yungay y atemoriza a muchos otros que por ella circulan- se ha ganado su reputación por la trágica sucesión de accidentes fatales y ayer volvió a confirmarla, con el fallecimiento de cinco personas que iban en un minibús en dirección a El Carmen y que fue embestido por una rampa que cruzó el eje de la calzada.

Como una fatal combinación, un conductor sin la debida preparación y un diseño vial defectuoso como es la cuesta Quilmo y la cerrada curva que la sucede, coincidieron en esta nueva tragedia en el camino más peligroso de Ñuble.

En su extensión de 63,21 kilómetros abundan las curvas peligrosas con radios de giro insuficiente, especialmente para los camiones y buses interurbanos de segunda mano que no siempre están en buenas condiciones mecánicas. Además, debe considerarse que en los últimos años el parque automotor que por allí transita ha crecido sostenidamente.

Sin embargo, la infraestructura vial de este corredor, en los últimos 30 años, ha sufrido las consecuencias de un retroceso en la atención de su mejoramiento, producto de una errada política de los últimos gobiernos de priorizar rutas de mayor rentabilidad económica y de la falta de liderazgos locales que no han sabido representar la urgencia de este problema, ni menos ejercer influencia ante el nivel central para su solución.

Con todos estos factores, el aumento exponencial de la siniestralidad es una consecuencia casi inevitable.

Está demostrado que siete de cada ocho muertes se evitan con rutas bien diseñadas y sometidas a mantención permanente. Aquí por el contrario se ha optado por parchar baches y plagar el camino de carteles de peligro que no representan otra cosa que la confesión explícita del Estado por no brindar un servicio seguro.

La gravedad del problema exige soluciones de fondo, las que deberían llegar por la vía de una reposición completa. Este trabajo comenzó hace algunos años y ha marchado a paso lento, al compás de las complejidades técnicas y la siempre ajustada billetera del Ministerio de Obras Públicas. Desde el Gobierno han planteado que debido a su alto costo, estimado en más de 100 mil millones de pesos, el mejoramiento integral de esta ruta que une a seis comunas de la Provincia de Diguillín será desarrollado “por etapas”. En Ñuble sabemos bien qué significa esa expresión y sus consecuencias, y por lo mismo, se requerirá de las autoridades regionales una gestión política mucho más decidida para sacar adelante este importante proyecto. Valdrá la pena todo esfuerzo y gasto si se evita un solo accidente más.

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