El Papa en Chile

Por: Fotografía: Agencia Uno 08:45 AM 2018-01-16

La visita que el Papa Francisco realiza a Chile debe analizarse desde dos perspectivas. Por un lado, hay que considerar su significación pastoral, pues el pontífice es quien cuida y le da unidad a la fe católica en todo el mundo. Su primera y primordial tarea es de orden espiritual. Por otra parte, también su visita tendrá una importante repercusión política, si consideramos que en los contenidos de su agenda estarían la demanda de mar para Bolivia y la situación de los pueblos originarios y de los migrantes. 

Ahora bien, Francisco llegó ayer a un país cuya Iglesia atraviesa momentos de tensión interna y de marcado desinterés por parte de un creciente número de ciudadanos, especialmente jóvenes. 

Según estadísticas de la propia Iglesia, actualmente solo un 57% de los chilenos se declara católico, lejos junto a Uruguay, el país menos confesional del continente, pese a que muchas de las instituciones públicas todavía viven como si la Constitución de 1925 -que consagra que el Estado Chileno es plenamente laico- no hubiera sido promulgada. Incluso un gran porcentaje de esos mismos católicos estuvo a favor de una ley de divorcio, es partidario de la despenalización del aborto en sus tres causales, y ha condenado enérgicamente los abusos sexuales cometidos por sacerdotes.

La de Francisco será la segunda llegada de un Papa a Chile. La primera fue la de Juan Pablo II, en 1987. La Iglesia chilena de aquella primera visita y la actual difieren notablemente. Su jerarquía ya no es la que fue ejemplar en la defensa de los derechos humanos durante la dictadura de Pinochet, cuando deslumbraba la figura del arzobispo Raúl Silva Henríquez. 

Hoy, los graves y probados abusos han hecho caer un oscuro telón sobre la institución católica. Acontecimientos relacionados con los Legionarios de Cristo y, sobre todo, con el muy influyente sacerdote Fernando Karadima, suspendido de por vida por sus escándalos, han marcado de manera drástica la credibilidad del clero y cuestionado el rol que desempeñó la jerarquía al minimizar o desatender los hechos tras las denuncias realizadas. 

Tal vez, la mayor paradoja de este desolador episodio de la historia eclesial de Chile, sea que pese a que el propio Papa ha subrayado la importancia de poner en primer lugar el sufrimiento de las víctimas y sus derechos, no haya agendado una cita con las víctimas de abusos sexuales por parte de miembros de la Iglesia chilena, como por ejemplo los querellantes de Fernando Karadima.

En todo caso, Francisco no es amigo de anticipar sus planes ni de dar explicaciones, y se deja inspirar por el contacto con las personas y según las situaciones, de modo que más de alguna sorpresa podría deparar su visita para que los chilenos, los católicos al menos, escuchen su verdad respecto al flagelo vergonzoso de la pedofilia y a la enorme responsabilidad institucional que le cabe a una Iglesia que permitió la ocurrencia reiterada de estos hechos y garantizó su impunidad.

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