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Servicio Público

Desde hace tiempo se viene hablando de la pérdida de prestigio de la política o de los políticos en general y la baja calidad de la discusión pública. En estos días aparece también la preocupación por la corrupción o conductas cercanas y por la dificultad de administrar la cuantía de los bienes públicos debido a la falta de modernización de los entes llamados a hacerlo, como son los municipios, los gobiernos regionales y en mayor escala, el Estado. Todas estas situaciones se explican porque para muchos administradores de la cosa pública su quehacer ha perdido el norte, su razón misma de ser.

El servicio público ha sido siempre considerado como una vocación noble y abnegada. Supone una fuerte inclinación hacia un trabajo en beneficio de los demás o hacia la causa común y, por lo mismo, se entiende que va acompañado de una natural tendencia a dejar al margen las consideraciones personales. Esta es la definición.

Cabe preguntarse si alguna vez se ha hecho de estos supuestos una práctica generalizada y, especialmente, si ello sucede en nuestros días.

Los tiempos que corren incitan a anteponer los intereses propios a cualquier otra motivación. Es más, las personas suelen desconfiar de quien dice hacerlo. No es raro, entonces, que hoy el servicio público se entienda y se ejerza de otra forma. Dejó de ser una vocación, para convertirse en una posición, y la diferencia es gigantesca: ya no se proyecta necesariamente al bien común sino al de aquellos con que se comparte; a partir del cargo, se buscan otras oportunidades y, por lo mismo, hay que aferrarse al poder. En el mejor de los casos, es una mezcla de preocupación pública y de beneficio personal.

Como la opinión generalizada es que en el mundo público se trabaja mal, hay una baja disposición a valorar a las personas que se desempeñan en estos cargos como corresponde. Aunque la sociedad los necesita, sus servicios son mal retribuidos.

A pesar de que es burdo generalizar y de que no se duda de que hay funcionarios competentes y dedicados, abundan los ejemplos que contribuyen a diario a fijar estos juicios y a opacar la labor que muchos realizan silenciosamente.

El peso de esos comportamientos negativos es tan fuerte, que exige cambiar radicalmente la situación; una vuelta de campana a la actual realidad, pues supone acabar con los cuoteos políticos, las trenzas partidarias y la mutua protección entre quienes ocupan cargos, y profesionalizar decididamente la carrera funcionaria.

El servicio bien inspirado requiere de una mirada técnica y profesional. Esta visión técnica será muy bienvenida si permanece unida a la calidad humana que es propia del servicio. Ambas dimensiones son necesarias y es de esperar que el próximo gobierno y la generación llamada a liderarlo -a diferencia de sus predecesores de centroizquierda y derecha- hallen el justo balance para el consiguiente bienestar de las personas que deben ser el centro de su atención.

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