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Restricción vehicular

Mauricio Ulloa

Desde el año pasado, cuando asumió, el alcalde Camilo Benavente viene planteando la necesidad de que se evalúe una modificación a la Ley de Restricciones Vehiculares, justamente para entregar facultades a los municipios respecto al control de la movilidad en casos de aglomeraciones y congestión.

Si bien se trata de una idea cuyas características aún no se conocen, los comentarios de la ciudadanía revelan una cuota importante de críticas anticipadas, que incluyen al gremio del transporte público, sobre todo taxis colectivos, donde temen que una medida de este tipo afecte gravemente la rentabilidad del negocio. Y no se equivocan, podría ocurrir, pero en realidad más que impactar en la locomoción colectiva, la restricción iría dirigida a los vehículos particulares, que son los que representan el 97% del parque automotor, que dicho sea de paso, casi se ha triplicado en una década.

En todo caso, la experiencia de otras ciudades ha demostrado que la restricción vehicular reduce solo en parte la congestión, y de hecho, en muchas familias la adquisición de un segundo vehículo se convirtió en regla. Por ello, es importante destacar que esta medida debe ser pensada como parte de un plan integral que aborde los distintos factores que han llevado a la capital de Ñuble a la crítica situación en que se encuentra, donde todos deben ser capaces de hacer un sacrificio por el bien común.

Sabido es que a la urbe le hace falta modernizar su red vial, mejorando el estándar de sus principales arterias diseñadas para un parque vehicular bastante menor al actual, pero tampoco se puede aspirar a que las vías se expandan al mismo ritmo que los automóviles.

Además, el fuerte aumento de la población y el inorgánico crecimiento urbano, fruto de la falta de planificación en las últimas décadas, entre otros factores, ha favorecido el surgimiento de verdaderos cuellos de botella en el acceso a sectores que se han expandido exponencialmente, como el Parque Lantaño, Vicente Méndez o el camino a Las Mariposas, entre otros.

El problema también se observa en el centro, donde el perímetro de exclusión dispuesto por la autoridad de Transporte de la anterior administración está en entredicho en cuanto a su capacidad de favorecer la descongestión y medios de transporte más eficientes.

Y es que la cultura del automóvil se ha instalado con fuerza en una ciudad con un sistema de transporte público dominado por un medio poco eficiente, como los colectivos, que además de brindar largos viajes, transportan menos personas que los taxibuses.

Es por ello que si bien la restricción puede ser una positiva medida, será solo un parche si no se abordan desafíos mayores, como la modernización de la locomoción colectiva, fortaleciendo a los taxibuses, con más y mejores máquinas que incrementen su frecuencia y con una malla de recorridos eficiente y con menores tiempos de viaje; el mejoramiento de las principales arterias, lo que supone grandes inversiones y resultados en el mediano plazo; y el fomento del uso de la bicicleta, con una amplia red de ciclovías que apueste por la construcción de una ciudad sostenible.

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