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Ojo con la generación “NoNo”

Actualmente, coexisten cuatro generaciones en el mercado laboral: la Generación Z o Centennials (nacidos a partir de 1995), la Generación Y o Millennials (nacidos entre 1982 y 1994), la Generación X (nacidos entre 1965 y 1981) y los “Nono” (mayores de 65 años). Cada uno de estos grupos etarios tiene sus propias características y todos cuentan con ventajas y desventajas en su desempeño laboral, además de tener distintas aspiraciones y (o) necesidades, lo que constituye un verdadero desafío para las empresas e instituciones, en especial para las áreas de recursos humanos.

Uno de estos desafíos es enfrentar el problema de inclusión que representan los trabajadores de la tercera edad, la generación de mayores de 65 años, un tema no menor considerando que nuestro país se encamina a una etapa muy avanzada de envejecimiento poblacional debido a la persistente baja en los niveles de fecundidad, la reducción de la mortalidad en edades tempranas y la mayor esperanza de vida, la que superaría los 85 años en 2050. 

Así lo establece el documento de estudio “Envejecimiento en Chile, evolución y características de las personas mayores”, que el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) presentó esta semana y que elaboró con el objetivo de entregar un panorama amplio del fenómeno del envejecimiento poblacional en el país.

De hecho, una de las conclusiones importantes de esta caracterización es que en nuestro país son cada vez más los integrantes de la tercera edad que podrían estar descansando o pasando tiempo con sus nietos, pero en lugar de ello continúan trabajando de manera remunerada. Se trata de un grupo creciente de la generación Baby Boomers (nacidos entre 1945 y 1964) que ha ido postergando su retiro y al que los especialistas llaman “generación Nono”, porque no quieren, o no pueden jubilar.

En realidad, la mayoría en Chile no puede y sobre todo en Ñuble, que es una de las regiones donde hay más adultos mayores en situación de pobreza. Después de cruzar datos demográficos con otros indicadores, se concluye que en la región hay más de 20 mil personas mayores que no se pueden dar el lujo de retirarse del mundo laboral. El número sobrecoge, sin embargo, para los especialistas ese guarismo está lejos de hacerle justicia a la realidad. Ello, porque en grado significativo el incremento de los gastos y la ausencia de redes en la tercera edad, los hacen más vulnerables y dependientes de su propia autogeneración de ingresos.

Sería incompleto este cuadro si no se considerara también a la cuestión jubilatoria. Cinco de cada diez jubilados en las AFP en modalidad de retiro programado, recibe una pensión menor a los $215.000, lo que es un ingreso menor a la línea de la pobreza. Eso significa que el 50% de quienes jubilan son condenados a vivir en condiciones de pobreza.

El aporte de los más viejos en el mercado laboral no debe ser desechado, y no solo por una cuestión de solidaridad generacional, sino también porque hay que aprovechar sus capacidades y experiencia, teniendo en cuenta que desean mantenerse activos, continuar siendo independientes, sostener sus redes de contactos y, principalmente, no ser una carga para sus familias.

Sin duda, una muy legítima aspiración que la sociedad chilena en su conjunto y muy especialmente quienes hoy diseñan políticas públicas, tienen que hacerse cargo.

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