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La Iglesia que sueña el Papa

Desde el inicio de su pontificado, Francisco nos ha ido planteando lo que quiere para la Iglesia: participación como parte del pueblo de Dios, iglesia en salida, conversión pastoral, como un hospital de campaña que acoge la fragilidad, etc. En la Exhortación Apostólica Querida Amazonía, recientemente publicada, nos plantea nuevamente “un sueño eclesial” que, aunque pensado para este territorio concreto, es válido para toda la Iglesia.

Luego de recordar que la Iglesia no es una ONG más, que su centro está en la evangelización, proponiendo la amistad con el Señor como fuente de vida y salvación, el Papa se enfoca en la importancia de la inculturación. Su gran sueño es que todo lo que la Iglesia ofrece se encarne de modo original en cada lugar del mundo y así adquiera multiformes rostros. Nos hace entender así que el cristianismo no es monocultural, sino que el Espíritu Santo fecunda cada cultura y la Iglesia misma se enriquece desde cada cultura.

En una realidad como la Amazonía, marcada por la pobreza y el abandono, la inculturación le da a la misión de la Iglesia un sello marcadamente social y de defensa de los derechos humanos. Ella se identifica con los pobres y se compromete con el Reino de justicia en la promoción de los descartados. Lo hace integrando lo social con lo espiritual, porque los pobres también buscan una espiritualidad que responda a sus anhelos de trascendencia.

Su compromiso social lleva a la Iglesia a la profecía. El mismo documento que comentamos tiene un fuerte sentido profético, al denunciar el Papa la situación de degradación de la Amazonía. Francisco habla de “injusticia y crimen” para referirse a la acción de empresas nacionales e internacionales y llama a indignarse ante el mal, como Moisés y Jesús. Un auténtico desarrollo debe incorporar los derechos de pueblos y culturas, cuidando tanto a las personas como a los ecosistemas.

El Papa ve posible en la Amazonía el desarrollo de una cultura eclesial propia. Por un lado, señala que el ejercicio del ministerio sacerdotal no es monolítico y debe estar preferentemente al servicio de la celebración de la eucaristía en las comunidades, siempre en perspectiva de diálogo con las culturas. Por otro lado, ha de ser una organización marcadamente laical, donde se susciten diversos servicios laicales que se preparan y se instituyen al servicio de la misión.

Sobre la mujer, Francisco resalta el aporte que hace a la Iglesia “según su modo propio”. Señala que no podemos reducir la comprensión de la Iglesia a su “estructura funcional”, desde categorías de poder, sino que hay una “estructura íntima” donde las mujeres están y han estado presentes, y donde gracias a ellas la Iglesia ha podido sostenerse y desarrollar su misión en tantos lugares. Advierte de no clericalizar a las mujeres, como si necesitaran del orden sagrado para tener un status y una participación mayor. Invita a estimular el surgimiento de otros servicios y carismas femeninos estables, que no requieren el orden sagrado, y que hagan real y efectiva la incidencia de la mujer en la misión y la guía de las comunidades.

Vale la pena leer Querida Amazonía, en que el Papa expone también un sueño social, un sueño cultural y un sueño ecológico.

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