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Crisis migratoria

La crisis humanitaria producto de inmigración descontrolada en el norte de Chile, con la complicidad de Bolivia, toco fondo con los incidentes ocurridos en Iquique, los que transitan desde la vergüenza al dolor.

Frente a ello, las reacciones son o han sido hasta ahora impregnadas de emocionalidad, cargadas de nacionalismo, xenofobia y racismo y también de ideologismos odiosos en muchos casos. Otros simplifican las soluciones y apuestan por soluciones a lo Trump, ponerle candado a las fronteras (como si fuera fácil).

Lo cierto es que este problema -porque finalmente se trata de un problema- de características inéditas en nuestro país, se hace visible cuando la situación llega a los extremos como los del norte, como resultado de la carencia de una política mínimamente consensuada para enfrentar esta situación, que ha adquirido implicancias regionales.

El consenso necesario no es solamente al interior de las fuerzas políticas y sociales, sino que también con los países vecinos y el resto del continente, de modo de enfrentar el problema en su verdadera dimensión, esto es a una escala global. De otro modo, se traslada a la ciudadanía la solución, lo que no es justo, especialmente para quienes conviven más cerca con la crisis, como son los habitantes del norte, quienes han reaccionado visceralmente.

En ese escenario emergen generalizaciones de carácter racial, o asociaciones sin ningún sustento con la delincuencia. Xenofobia, discriminación y, finalmente, violencia.

Tal vez lo que hay que hacer es lo que hace Vidal cuando está lúcido y termina manejando los partidos, poner la pelota al piso y mirar a su alrededor y luego decidir a quién entregar el balón. Si nosotros, – no solo las autoridades- no somos capaces de poner la pelota al piso, desprendernos de nuestros prejuicios, reconocer que un grupo numeroso de seres humanos no tienen nada que perder y está sufriendo vejaciones y situaciones que a nadie le gustaría experimentar, tal vez podremos encontrar una salida en la cual el Estado y la sociedad transiten en un mínimo común denominador.

Solo en ese momento se podrá definir una política migratoria que logre controlar el problema, de modo de dejar fuera de la discusión a la xenofobia y el racismo y generar un espacio para resolver la crisis humanitaria de la cual somos testigos y protagonistas.

Hay que separar la paja del trigo, dejar de criminalizar a la emigración y buscar soluciones y políticas que persistan en el tiempo. Para ello lo primero es reconocer la crisis migratoria como un fenómeno global que afecta a seres humanos, y luego abordar el diseño de la solución que debe respetar los derechos humanos y el debido proceso en los casos que corresponda. De otro modo, Chile no solo dejará de ser la copia feliz del edén, sino también nos transformaremos en el país de la vergüenza.

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