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Casa propia

Señor Director:

El proyecto de nueva Constitución reconoce el derecho a una casa digna. En reiteradas oportunidades, diversas voces pidieron se agregara la calificación de propia, lo que fue rechazado. ¿Puede haber mayor dignidad para una familia que vivir en casa propia?

El sueño de la casa propia viene desde antiguo. Cuando se cuentan los años de pagos en arriendo, es una cuenta que amarga. En cambio, la casa propia comprada en 20 o más años con pago de dividendos, constituye un capital que pasan a heredar los hijos y que, muchas veces, dobla, triplica y más aún, el pago inicial con la plusvalía del terreno. Con qué emoción se ingresa a la casa propia. Efectivamente, esa propiedad otorga a la familia una identidad inédita. Sin embargo, los ofertones de dignidad que se han instalado en la política chilena, no la consideran así. La razón es muy simple: No quieren propietarios, quieren proletarios. Se les ha ocurrido una nueva forma de control político: Arrendar casas públicas para formar cotos de electores cautivos. Esto es lo que está en juego ahora en nuestro país después de las prácticas conocidas en Venezuela y Cuba.

La nueva clase que aspira a instalarse en el poder no quiere tratar con propietarios, sino con proletarios, esa masa convocada para vivir bajo la “dignidad” del control estatal. Sin embargo, es indudable que la casa propia debe ampliar su espacio para impedir el hacinamiento y que los niños encuentren en la calle un lugar para respirar con libertad. Es cierto que en las actuales poblaciones falta dignidad, pero sin propiedad no hay dignidad, por eso, voces del socialismo democrático están pidiendo que se agregue la propiedad como requisito de dignidad, lo mismo sugieren otras voces democráticas que se oponen al extremo totalitario.

Alejandro Witker

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