Chillán: el complejo camino a la reinserción de los reos del Patio 5

Por: Felipe Ahumada 04:30 PM 2016-04-17

En ocasiones se escucha la idea de que a los presos deberían mandarlos a una isla o a un lugar del sur de Chile para que paguen sus penas haciendo carreteras o puentes.

La repetida sugerencia popular contiene un concepto sublimal, y es el reconocimiento de una suerte de talento en bruto y mal aprovechado de quienes están privados de libertad.

Nada haría adivinar, por ejemplo, que Carlos Aguilar Cuevas, en su infancia compitió en Olimpiadas de matemáticas o que recibió diversos reconocimientos escolares por sus dotes en el fútbol, básquetbol y atletismo.

“Lo que pasa es que me tocó vivir el mundo de las drogas. En mi barrio (Población Irene Frei) no es fácil hacerle el quite, sobre todo cuando eres más joven y a veces los papás no están ahí para ayudarte”, dice este joven de 26 años condenado por robo en lugar habitado, padre de una hija y dueño de un prontuario iniciado como menor de edad.

Fue detenido por última vez en 2014. Engrillado cruzó la puerta externa de Gendarmería, por calle Isabel Riquelme, desde allí se cuentan cinco rejas hasta el último patio, el 5, en donde están los de mayor peligrosidad.

Como Carlos, poco a poco, LA DISCUSIÓN fue cruzando cada una de esas cinco rejas que separan los patios de la cárcel. 

Como si se cruzara los nueve círculos de la Divina Comedia de Dante, la tensión aumenta mientras se cruza cada portal, todos ellos custodiados por una pareja de gendarmes.

Se pasa del gimnasio, a la sección de taller y estudio, o a la zona donde se exhiben los trabajos de carpintería y artesanía, sin que el relajo se pierda del todo.

Algunos reos saludan de mano y se muestran amables.

Pero todo cambia cuando se abre la puerta de metal del Patio 5.

Cien miradas convergen en quien cruza el umbral sin discreción alguna. Hacia donde se vaya, éstas lo siguen, como si cada reo sintiera que quien ingresa tiene algo para él.
Risas nerviosas, murmuros a las espaldas y miradas insistentes son parte de la bienvenida.

“Igual acá había varios amigos del barrio. Todos cayeron por robo o por drogas. Uno nunca cree que te va a tocar, hasta que te toca”, explica el joven quien aún sueña estudiar Contabilidad.

Dentro de la cárcel las diferencias entre los obreros, profesores, albañiles, ingenieros, constructores, paramédicos, comerciantes, universitarios, pintores, artistas o exponentes de tantos otros oficios y profesiones que son parte de los 565 internos de Chillán las marca solo su prontuario, en una escala de jerarquías que van de “choro” (ladrones temerarios), “los picado a choro” a “pérkin”.

El centro del patio es una cancha de beibifútbol, rodeada de ropa recién lavada, colgada en las rejas o en los arcos. Los reos son como ánimas que caminan en grupos de dos o tres de allá para acá.

Otros están sentados o simplemente de pie, aprendiendo las reglas de la dictadura del ocio.

A un costado de la cancha, más allá de unas mallas metálicas está el taller. “Ese es el lugar al que todos quieren llegar porque los saca de la cana y les da “algo qué hacer.  Acá se aprende un oficio y se hace conducta para poder salir y trabajar. No quiero volver más acá”, dice Carlos mientras muestra con orgullo una cuna de madera hecha por él.

¿es posible la reinserción?
La intención no era robarse nada. Fue a mediados de los 70 que Pedro Valdebenito Illescas y otros compañeros del liceo organizaban una fiesta, pero les faltaba la música. “Entonces uno de los cabros nos dijo que sabía dónde podíamos buscar un tocadiscos. Era la casa de un conocido, él se metió por la ventana y lo sacó. Lo malo es que nunca lo fue a devolver, entonces los dueños denunciarion el robo. Fue la primera vez que caí preso, y como menor de edad”, recuerda.

Pero al salir ya había “aprendido mucho” y descubrió que vender marihuana le daría más dinero que ninguno de los oficios para los que un joven como él fue preparado. Ya con 60 años ha caído ocho veces y siempre por tráfico.

La última vez que salió, en 2012, trató de enmendar el rumbo pero sólo consiguió vender cilantro.

“Me encontré con un amigo y me dijo que no podía vivir de eso, que él me iba a comprar marihuana para que yo la vendiera y que después se la pagara. Pero el OS7 lo estaba investigando y nos atraparon a los dos”, relata.

Por su edad tiene el respeto del resto del patio, pero sabe muy bien que el taller donde repara guitarras es la única manera de evitar problemas.

“En el patio a veces se complican las cosas y cuando le tienen mala a alguien le hacen la vida imposible. Por ejemplo, les tiran confort sucio en el plato de comida, les pegan por atrás y todo eso, pero siempre escondidos para que no los acusen. Ellos lo pasan mal”, relata.

Para los traficantes tampoco es un paraíso, porque “los más choros quieren que les salven la cana, es decir los obligan a que les consigan plata o que les consigan cosas”.

Pese a todo, Pedro Valdebenito dice creer en la reinsersión. “Al menos acá en Gendarmería te dan la posibilidad de estudiar y trabajar. Pero lo malo está afuera, no acá, porque uno puede salir con todas las ganas de trabajar, pero afuera te malean de nuevo”.

Uno que lo está logrando es Juan Luis Calderón. Cayó en 1997 por robo con intimidación. Ingresó al taller y pudo ganar el dinero suficiente para comprar sus útiles de aseo y otros artículos cuya falta es a veces motivo de riñas.

Hace dos semanas ingresó a un taller, en el medio libre, dictado por la Cámara Chilena de la Construcción y mejora sus conocimientos en mueblería, estructuras metálicas y “además como acá (en la cárcel) nos enseñan a tener una libreta de ahorro, me contactó un primo que tiene una empresa y me dijo que le pusiera empeño para que cuando salga, él me contrate”.

En el taller, sin embargo, no caben más de 10 a 15 trabajadores. “Una vez más, caemos en lo mismo, si no se dan más cupos es solo porque no hay más espacio”, explica uno de los funcionarios a cargo del Patio 5.

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