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Una visión para el turismo en Ñuble

Agencia Uno

El prolongado receso provocado por la pandemia, y las enormes pérdidas sufridas por empresas turísticas, grandes y pequeñas, ha puesto el foco en la reactivación y el número de visitantes. Sin embargo, la coyuntura no puede hacer olvidar la necesidad de una visión estratégica y una planificación del territorio para una actividad que requiere un alto compromiso del sector público y privado para evitar su degradación.

Precisamente, con ocasión de conmemorarse ayer el Día Mundial del Turismo, conviene reflexionar sobre el potencial de crecimiento de esta actividad, a partir de atractivos diversos derivados de su riqueza natural y cultural, siempre y cuando su explotación sea abordada de manera profesional, estratégica, sustentable y a largo plazo.

Es evidente que en la temporada veraniega, la cordillera y Quillón son los destinos que capturan la mayor atención dentro de la oferta de la nueva Región, no obstante el potencial de Ñuble no se agota allí. Una muy variada naturaleza permite ofrecer alternativas diferentes, como la costa de Cobquecura y Buchupureo que está en alza y posicionándose a nivel nacional, además de una rica tradición campesina y una historia que recoge mitos y expresiones populares que están siendo aprovechadas por emprendedores de comunas agrícolas para atraer visitantes.

Pero aprovechar esta alentadora proyección, requiere una suma de factores, más allá del posicionamiento que ya existe, de modo que el visitante extranjero o nacional sea igualmente un vocero para nuevos turistas. Y ello supone contar con un excelente servicio en hospedaje, gastronomía, infraestructura caminera, personal capacitado que maneje idiomas, información y formación histórica y cultural, que vaya mucho más allá de lo que el turista conoce por Internet antes de venir a la zona.

El problema es que estamos bastante deficitarios en todas esas materias. Hay debilidades en el servicio y en la hospitalidad de su entrega, lo mismo que desconocimiento de técnicas para la administración de los negocios y una alta rotación de trabajadores, según han revelado estudios del Sernatur y han reconocido los propios operadores turísticos.

Es pertinente, entonces, ahora que comienza a trazarse una hoja de ruta para el desarrollo de Ñuble, llamar la atención respecto de estos datos críticos que contribuyen muy poco a la consolidación de una imagen de región turística, que es lo que deberíamos lucir, sin faltarnos razón. Pero, como más de una vez hemos planteado desde esta columna, ello no ocurrirá si no somos capaces de desarrollar primero una cultura del buen servicio y la hospitalidad.

Tiene sentido plantearlo de esta manera, porque se sabe que un turista atendido con responsabilidad, amabilidad y respeto, se convierte en un buen promotor de las bondades locales e invita a otros a venir a esta zona.

Puede ser cierto que las debilidades descritas no anulan el atractivo de nuestras bellezas naturales, pero no cabe duda que hipoteca la proyección de crecimiento de la actividad local. No hay ningún servicio que pueda soslayar la responsabilidad que se debe tener en el trato al turista. Asumirlo de esa manera representa parte importante de ese activo social al que se denomina “cultura turística” y que debería ser la visión a alcanzar en la Región de Ñuble.

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