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Sobrevivir al terremoto de 1939 y contarlo: dos chillanejas nos lo cuentan

La herida aún está abierta para muchos chillanejos que vivieron el terremoto del 24 de enero de 1939, una hecho histórico que se llevó a familias enteras, que destrozó sueños, pero que también cambió de forma drástica el rostro de una ciudad que luchó durante décadas por rearticularse y que hoy es un icono de la arquitectura moderna y de la resiliencia que nos caracteriza como región.

Quizá es por esta razón que cada año, la fecha se conmemora y este 2023 no fue la excepción. Este 24 de enero pasado, la Municipalidad de Chillán, a través de su Unidad de Patrimonio, realizó varios actor para conmemorar los 84 años desde el megaterremoto. Además de la Alerta de Memoria, la cicletada telúrica y charlas que se realizaron en torno al tema, hubo dos actividades que marcaron este año la conmemoración. Una de ellas fue el lanzamiento del libro “Chillán 1939, catástrofe, memorias y patrimonialización”, editado por el Centro UC de Patrimonio Cultural y en donde firman como editores Umberto Bonomo, Karin Cárdenas y Alejandro Crispiani. El texto cuenta con historia, memoria y fotografías, además del relato extraído de los archivos de Diario La Discusión.

“El libro rememora el hecho histórico que determinó un momento de inflexión en la historia urbana de Chillán. El terremoto de 1939 es revisado a través de fotografías, prensa y relatos de sobrevivientes, desde las memorias personales al patrimonio material. La reconstrucción de la memoria de la ciudad es comprendida desde una perspectiva patrimonial, que se presenta desde la historia de la catástrofe a la conmemoración, a más de ochenta años de ocurrido el desastre. El terremoto, a partir de la tragedia y posterior superación, es descrito en el texto como una oportunidad de innovación y aplicación de nuevos modelos arquitectónicos y urbanos”, explican desde UPA.

La otra actividad fue la colocación de una ofrenda floral en el Cementerio, acto en el que participaron algunos de los sobrevivientes de la tragedia y cuyos testimonios también se encuentran consignados en el libro lanzado esta semana. Uno de ellos es el de Alicia Vásquez, quien tenía solo 6 años el día del terremoto. Alicia conversó con La Discusión respecto de los recuerdos que guarda de la fatídica fecha. “En esos años estudiaba en el Colegio Grenoble de las Monjas Francesas que estaba donde hoy se ubica el Instituto Santa María. Pero como era verano, unas tías me llevaron a una quinta en Chillán Viejo, a casa de mis abuelos. Yo era hija única, y mis papás se habían quedado en una casa que arrendábamos en Calle Rosas, a la espera de que pintaran nuestra recién construida casa en Calle Vega de Saldias. Como esta última era de adobe, cayó completa para el terremoto”, parte.

“Yo estaba durmiendo cuando ocurrió. Cuando desperté mi tía estaba encima de mí para cubrirme y tuvimos suerte porque las murallas del dormitorio cayeron para afuera. Pero oía muchos gritos, a pesar de que en mi casa todos salvaron casi ilesos, incluido mi abuelo, unas casas más allá una mujer lloraba la pérdida de sus dos hijos de 11 y 14 años, eso es algo que me ha acompañado siempre porque sus gritos eran desgarradores”, rememora.

Alicia recuerda que uno de sus tíos se subió esa noche a un caballo para venir a Chillán a ver si los padres de la niña seguían con vida y así era. “Él regresó de madrugada a Chillán Viejo y nos dijo que mis papás estaban bien. La suerte de haber estado en la quinta de Chillán Viejo para mí fue que en el dormitorio donde yo dormía con mis padres, la muralla cayó sobre mi cama. Si hubiera estado ahí, seguramente yo no habría sobrevivido”, advierte.

Al otro día, el 25 de enero de 1939, Alicia emprendió camino a pie a Chillán junto a sus tías para ver a sus padres que la esperaban en la destruida casa de Calle Rosas. Alicia recuerda que al llegar a la Avenida O’Higgins estaba todo lleno de escombros y cuerpos. “Yo le preguntaba a mis tías por qué la gente había decidido dormir en la calle y sobre las ruinas. No recuerdo qué me contestaron, pero con el tiempo supe que esas personas, que eran muchas, no estaban durmiendo, sino que estaban fallecidas. Cuando llegué a Chillán mi mamá me abrazó llorando”.

Alicia cuenta que los días que siguieron no fueron fáciles, pero que nadie lloraba porque estaban todos en la misma situación. Recuerda con claridad los trabajos de remoción de escombros y cómo la reconstrucción comenzó al poco tiempo. “Por ejemplo, las Monjas Francesas se fueron inmediatamente de Chillán, el colegio estaba en el suelo. Pero al mismo tiempo llegaron las Monjas Alemanas que levantaron otro colegio y pude entrar a clases ese mismo año, a los pocos meses de ocurrido el terremoto. Mi papá había quedado de brazos cruzados porque se nos había caído la casa de adobe de Calle Vega de Saldías y por esos días le ofrecieron ser el administrador de Bomberos. Aceptó y nos trasladamos a un ‘rancho’ en la Plaza de Armas, frente a lo que hoy es el Banco de Chile. Ahí se ubicaba el Cuerpo de Bomberos, crecí entre las máquinas y aunque ahí no teníamos baño (pero sí agua potable para cocinar), fueron años muy felices para mí”.

La mujer añade que al cabo de un tiempo, se construyó el Cuerpo de Bomberos en su actual ubicación y su padre recibió, como administrador, una casa de dos pisos en Calle Maipón. Como el Liceo de Niñas ya estaba funcionando, Alicia fue matriculada ahí. “En esa casa crecí, ahí murió mi padre a los 48 años, ahí viví también cuando me casé (porque mi esposo tuvo el mismo cargo que mi padre) y ahí también nacieron dos de mis tres hijas”, dice emocionada.

Hoy Alicia vive en la misma Calle Rosas, en los edificios que la Corvi construyó en la esquina de Bulnes cuando comenzó de lleno la reconstrucción. Ahí pasó el terremoto del 2010, y aunque en un primer minuto pensó que moriría, su departamento resistió sin problemas el megasismo.

En comunas

Otra sobreviviente es Juanita Rivas, quien tenía 7 años para el terremoto de 1939. Ella vivía en aquella época en Ninhue y su casa quedó literalmente en el suelo tras la tragedia. Esa noche estaba junto a sus hermanos y su abuela; en medio del terremoto, salieron al patio y cuando ya se podía caminar, su abuela quiso entrar a la casa para buscar algo de abrigo, cayó y se quebró una mano. “Mi mamá no estaba con nosotros porque había ido a Chillán y yo quería saber de ella, si estaba bien. Un tío que tenía un negocio en la ciudad le había pedido que viniera a hacerse cargo del local (una carnicería) mientras él viajaba a Dichato a pasar unos días de vacaciones. Salí de Ninhue al otro día del terremoto, en un camión que encontré en el camino. Cuando llegué a la casa de mi tío, abrí la puerta y vi tres urnas y me asusté mucho. Salió mi mamá a recibirme y me contó que a ella no le había pasado nada. Los fallecidos eran un hermano de ella, su esposa y una sobrina que había venido de visita desde Santiago”.

Al saber ya que su mamá estaba bien, Juanita quiso devolverse a Ninhue, para su suerte encontró el mismo camión en una estación de bencina y ambas viajaron de regreso a la casa familiar. “Mi abuela estaba debajo de un peral con mis hermanos. Una vecina nos refugió en su casa y ahí nos quedamos algunos días. A esa casa no le había pasado casi nada”.

Al mes de sucedido el terremoto, las cosas no mejoraban para nadie y Juanita debió regresar a Chillán. “Mi mamá me pidió que viniera a Chillán a buscar cosas para poder alimentarnos. ‘Don Cato’ (el mismo que nos trasladó la primera vez en su camión) me llevó. En el camino, personal de salud nos vacunó, estaban vacunando a toda la gente para prevenir enfermedades e infecciones”, enfatiza.

En Chillán consiguió un saco de trigo que logró llenar con carne y mercadería. De regreso a Ninhue, el camión quedó en pana a las seis de la tarde de ese día. “Alguien preguntó si nos devolvíamos a Chillán o seguíamos viaje a pie hacia Ninhue y ganó la segunda opción. Tuvimos que seguir caminando durante toda la noche y llegué a la casa en Ninhue a las 9 de la mañana del otro día y con fiebre (seguramente por la vacuna). Un amigo de mi papá me ayudó a cargar el saco. Además, me fui a pie pelado porque los zapatos me quedaban apretados”, recuerda.

Cuando sucedió el terremoto, el padre de Juanita estaba en el sur y no logró llegar a Ninhue hasta dos meses después. Cuando volvió donde su familia, todos se trasladaron a Chillán para vivir en una casa que les prestaron en Calle Rosas. La casa era del matrimonio que Juanita encontró muerto en la casa de su tío el día que fue a buscar a su mamá.

“Mi tío, además, le ofreció a mi papá trabajar en la carnicería. Los primeros meses en Chillán me iba a las colas a recolectar alimentos que entregaba el Gobierno. Recuerdo que me dieron varias cosas, además de comida, y una vez me entregaron hasta un colchón. Después me puse a estudiar en la Escuela 11 en Lumaco con Itata, pero nunca dejé de ir a los puntos de retiro de ayuda porque éramos 9 hermanos y todos necesitaban algo. Yo era la mayor y siempre me sentí responsable de que nada les faltara”.

Juanita también recuerda que el gobernador Pedro Poblete Vera era vecino de su familia en Calle Rosas y le tomó mucho cariño al clan, incluida a ella. “Un día me dijo que fuera a los edificios públicos para retirar cosas y, obviamente, fui. Además de la ayuda, él me regaló un juego de loza china muy bonito, pero las mismas mujeres que estaban a cargo de entregar la mercadería y otros insumos para los damnificados, me quitaron la caja asegurando que eso a mí no me correspondía”, añade.

Respecto de la vida que llevó en la ciudad, Juanita cuenta que “en Chillán estaba todo en el suelo. Lo único que había quedado en pie era el edificio de la Compañía de Electricidad y otros pocos inmuebles. Pero en general, me llamó la atención la cantidad de escombros que quedaron. Recuerdo que primero sacaron a las personas que habían fallecido, para luego retirar los escombros. La situación en el Cementerio era caótica en un comienzo y muchos fueron enterrados sin siquiera ser identificados”, recuerda.

A los 14 años de edad Juanita entró a trabajar al Hospital San Juan de Dios. Ahí partió sirviendo en lavandería. El Hospital San Juan de Dios funcionó hasta 1945, cuando su personal, incluida ella que ya en ese tiempo oficiaba como enfermera, fue trasladado al actual recinto hospitalario en Avenida Argentina. “Es increíble pensar que ahora, el hospital volverá prácticamente a su antigua ubicación.

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