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Falta sinceridad en la política

Nuestro diccionario de lengua española, define la sinceridad como “veracidad, modo de expresarse o de comportarse libre de fingimiento”. Este comportamiento humano tan fundamental para desarrollar una vida en común respetuosa y nutritiva, está estrechamente emparentado con la honradez, confianza y veracidad. Y planteado como contrapunto, cabría señalar que sin estas características conductuales, no se podría pensar (y menos vivir) en una buena sociedad, ni en una comunidad donde impere el respeto y la decencia.

Vaclav Havel lo tuvo siempre muy claro y sería oportuno que nuestros dirigentes lo estudiaran: “Vivimos en un entorno moral contaminado -afirmó el humanista y político Checo, especificando que -Nuestra moral enfermó porque nos habíamos acostumbrado a expresar algo diferente de lo que pensábamos. Aprendimos a no creer en nada, a hacer caso omiso de los demás, a preocuparnos solo por nosotros mismos.” (Discursos políticos, 1995). Por cierto, es preciso subrayar que la actividad política de los gobernantes y gestores del Estado, requiere de un elevado estándar ético, pues de lo contrario siempre estará expuesta a que se comentan actos injustos, indecentes, abusivos o ilícitos. Por eso no cualquiera debería tener espacio para ocupar una posición de gobierno ni de legislador. Al asumir la presidencia en 1989, Havel lo indicaba de esta forma: “Enseñémonos, y enseñemos a los demás, que la política debería ser la expresión del deseo de contribuir a la felicidad de la comunidad en lugar de la necesidad de engañarla o expoliarla. Enseñémonos, y enseñemos a los demás, que la política no solo puede ser el arte de lo posible, en especial si esto implica el arte de la especulación, el cálculo, la intriga, los tratos secretos y las maniobras pragmáticas; sino incluso también el arte de lo imposible, el arte de mejorarnos a nosotros y mejorar el mundo”.

No creo que el mensaje para los políticos que conducen el destino de nuestra Nación sea difícil de comprender, sin embargo, conviene reiterarlo de una forma que no dé espacio a dudas: “el ser humano busca relaciones auténticas, no estamos hechos para vivir en la mentira” (Havel, El poder de los sin poder, 1990). Dicho de otra forma, los actuales dirigentes deben ser conscientes que de sus actos gravita, en gran medida, la sanidad ética y la prosperidad de toda la nación. Si no son sinceros en lo que dicen y hacen, entonces no podremos tener un mejor país.

Ojalá emerjan hombres y mujeres que conformen una dirigencia con un mayor estándar ético para que nos inspiren la ilusión de lograr un ambiente político nutritivo, como en su momento la tuvo el señalado político checo: “… sueño con una república independiente, libre y democrática, una república económicamente próspera y, no obstante, socialmente justa. En pocas palabras, una república humana que sirva al individuo y que, por tanto, albergue la esperanza de que el individuo la sirva a ella a su vez. Una república de personas enteras, porque sin ellas es imposible solucionar ninguno de nuestros problemas, ya sean humanos, económicos, medioambientales, sociales o políticos”.

 

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