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El enfermero imaginario

El enfermo imaginario es una comedia ballet en la cual Argán se cree muy enfermo y no puede vivir sin estar rodeado de médicos. Es la obra cumbre de Molière y se estrenó en febrero de 1673.

Es una obra que en clave de humor y sátira se centraba en los médicos. Pocos días después del estreno, en plena representación, el dramaturgo se sintió indispuesto, y murió unas horas más tarde en su domicilio. En la representación, Molière vestía ropas de color amarillo. Este hecho ha marcado para siempre el uso del color amarillo en escena transformándose en un color prohibido.

El pelado Vade, que simuló estar enfermo de cáncer para ser electo constituyente, no es el primer caso de un enfermo imaginario en la política chilena. Basta recordar que Manuel Contreras , jefe de la DINA en dictadura, se refugió en Hospital Naval de Talcahuano, simulando estar enfermo para evitar ir a una cárcel a cumplir condena por el crimen de Orlando Letelier. O cuando Agusto Pinochet fue liberado en Londres por razones de salud, y se puso de pie en la loza del Aeropuerto Arturo Merino Benítez para saludar a sus partidarios. También está el caso del pelao Garay (curiosa coincidencia) candidato a senador que simuló un cáncer para estafar a amigos y conocidos.

De modo que lo que hizo el pelado Vade carece de originalidad, lo cual no opta ser un hecho extremadamente grave, pues pone el juego un bien preciado, como es la fe pública. El problema es que no se trata de un caso aislado, se suma a una ya larga y lamentable lista de escándalos de mal uso de platas públicas. Es posible que el pelado Vade, entre tanta trasgresión a la probidad y la ética, haya pensado que todo vale y que el fin justifica los medios. Sin embargo, la verdad parece que siempre termina por emerger y finalmente se conoce en la mayoría de los casos.

Si somos capaces de conservar aún la capacidad de sorprendernos, habrá un espacio para recuperar la confianza y la credibilidad en las instituciones, hecho fundamental para volver al camino de progreso sujeto a estrictas normas éticas y de probidad. Para ellos debemos ser capaces de condenar y repudiar estos hechos más allá de ideologismos y desprovistos de todo relativismo en relación al color de quién comete un delito.

El enfermo imaginario no reconoce distinciones de ningún tipo, es más, puede ocultarse en algún rincón de nuestras propias almas, por lo tanto es necesario estar siempre alertas y combatirlo desde nuestra propias complejidades, porque el fin nunca debe justificar los medios y también no puede relativizar los procedimientos apegados a las normativas.

Molière finalmente falleció y el enfermo dejó de ser imaginario para desnudar sus propias flaquezas y debilidades.

En buena hora se impuso la verdad.

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