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Desempleo juvenil

Cristian Cáceres

Una herida tan profunda como la sanitaria es la que está dejando la pandemia en la economía, donde la caída del empleo ha golpeado muy duramente a los jóvenes, el sector social más movilizado y con mayores reclamos desde las protestas que comenzaron el 18 de octubre de 2019.

De hecho, el desempleo juvenil del país, que bordea 25%, es el cuarto más alto de todos los países de la OCDE, solo superado por España, Italia y Colombia. En total, el año pasado perdieron casi 270.000 puestos de trabajo en rubros tales como comercio, gastronomía y turismo, y este año se han recuperado poco más de 100 mil. Por otra parte, el dato del desempleo en jóvenes chilenos se agrava aún más cuando se analiza solo a las mujeres, que en general registran un 5% más de desocupación que los hombres.

Entre quienes no consiguen trabajo cunde el desaliento y no pocos de aquellos que sí cuentan con un empleo, lo ejercen en condiciones de informalidad, sin protección ni perspectivas. Sin embargo, basta revisar los indicadores de escolaridad para darse cuenta de que estamos ante una paradoja, pues estos jóvenes forman parte de la generación más educada que hayamos tenido: la mayoría ha terminado los estudios secundarios y un buen porcentaje ha cursado la educación superior en un instituto profesional o universidad, y tienen lógicas expectativas sobre su propio futuro en el mundo del trabajo.

El empleo de los jóvenes es un desafío político, porque cuando esas expectativas se traducen en desaliento y frustración, se hace más difícil la estabilidad de nuestra sociedad e incluso la representatividad y gobernabilidad democráticas. Además, existe el problema de la relación con la vida laboral, pues cuando los jóvenes no tienen oportunidades, difícilmente lograrán romper el círculo de la pobreza e internarse en una senda de trabajo decente. Por otro lado, es práctica habitual que sean los primeros en perder su empleo en tiempos de “ajustes” y los últimos en volver a trabajar cuando llega la recuperación; sin contar que generalmente son considerados mano de obra barata.

Para enfrentar este desafío es necesario adoptar medidas específicamente dirigidas a generar más y mejores empleos para los jóvenes. Invertir en formación profesional e incentivar el espíritu de emprender para que puedan verse también como creadores de empleo.

Con los jóvenes no actúan las fuerzas invisibles del mercado, porque estamos frente a problemas estructurales que solo pueden ser abordados con acciones y políticas muy concretas. Por eso es importante que el próximo Gobierno, tanto en el nivel nacional como regional, lo mismo que los municipios, los sindicatos y los empresarios, insistan en buscar la manera de torcer esta realidad, si es que de verdad queremos avanzar hacia un desarrollo inclusivo, con mayor justicia social. Sin los jóvenes, no vamos a lograrlo.

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