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Descentralización de verdad o mejor nada

Terminar con la figura del Delegado Presidencial y empoderar al Gobernador Regional con nuevas atribuciones administrativas y financieras, es una condición necesaria pero no suficiente para alcanzar con éxito la conducción del territorio hacia el desarrollo económico y social. La población está incrédula respecto de la capacidad de las medidas descentralizadoras para cambiar la calidad de vida de una parte significativa de los hogares de la región. Mucha razón tienen.

A diferencia con lo que ocurre en las películas de superhéroes, el poderoso brazo del Estado no tiene la capacidad suficiente para garantizar el progreso de los hogares. En los países, donde se ha puesto la ficha en la capacidad del Estado, los hogares han retrocedido en términos de bienestar. Muchos, en especial los más talentosos, optan por migrar hacia países con mejores oportunidades.

El dotado brazo de las grandes empresas, tampoco ha demostrado ser capaz o querer cambiar la suerte de los hogares de la región. La mayoría con oficinas corporativas en la comunas de la Región Metropolitana, optan por cuidar sus niveles de rentabilidad para mantener en alto el valor bursátil de sus inversiones.

El brazo social ha privilegiado fortalecer la demanda social por sobre la acumulación de capital social. El ambiente individualista que ha permeado a las actuales generaciones, atrofia la musculatura que se requiere para cambiar el futuro aprovechando las sinergias que subyace sobre el emprendimiento comunitario y la sostenibilidad de las actividades de las organizaciones sociales.

El brazo financiero, capaz de generar una riqueza inconmensurable, es socialmente selectivo y carece de los principios básicos de humanidad. Lo que unos pocos acumulan desproporcionadamente, es a costa de la billetera y los ahorros de la mayoría. “Así son los negocios”, es el análisis usual de quienes ganan las apuestas cuando observan el drama de quienes caen en bancarrota.

Finalmente, el brazo de los agentes de cambio suele estar adormecido por la zona de confort que subyace sobre la estructura que les acoge. En muchos casos el temor a la pérdida de cuotas de poder inhibe a los agentes para hacer los cambios que requiere la descentralización. Por ejemplo, si en la cartera de proyectos local no existen garantías que el plan de inversiones les transfiera parte de los flujos que van a generar en su etapa de operación, es de Perogrullo esperar que las comunidades rechacen las inversiones en su territorio. Por tanto, la cartera de proyectos debe considerar las compensaciones que permitan corregir las externalidades que se generan en el entorno. Si la perturbación es permanente, la compensación debe ser permanente.

En resumen, para descentralizar de verdad se requiere, al menos, de cinco brazos que puedan trabajar coordinadamente. El sector público, la iniciativa privada, las comunidades, el mercado financiero, y los agentes de cambio. Ellos deben crear instancias de diálogo para diseñar las acciones y estrategias que generen los beneficios territoriales esperados por las comunidades. De otro modo, el término de la figura del delegado presidencial será inconducente si lo que se quiere es calmar los ánimos de una comunidad cansada de esperar por un ambiente de prosperidad con mayor justicia social.

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