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Capacidad creadora

Dar opción a los niños para que pongan en juego su capacidad de crear constituye un camino pedagógico que merece su oportunidad y su promoción. Para los adultos también se presenta, cuando la presión de los proyectos los empujan a encontrar respuestas originales.

Ese llamado a soluciones nuevas no es una propuesta de hoy, pero su estimulación generalizada sí ha sido un avance contemporáneo, impulsado principalmente por las instituciones de educación superior, que han alentado la investigación, el pensamiento sin fronteras, la invención y el patentamiento.

En el proceso creador básicamente pueden distinguirse dos formas: una experimental y otra espontánea. La primera sigue los pasos de metodologías de la investigación para desembocar en el descubrimiento, y es propia de la ciencia. La segunda, que suele nutrir a la primera, se manifiesta en la actividad de los niños, especialmente ligada a la actividad lúdica.

Lo mismo ocurre con el proceso de creación y su logro final, es decir, la obra o producto de valor al que se ha llegado, ya que siempre es determinante el proceso que generó la innovación, aunque haya demandado fracasos antes del éxito. Importa mucho, entonces, que la espontaneidad con la que suele mostrarse la creatividad en los años de infancia no se agote por infructuosa o por inhibida.

De hecho, desde estas páginas hemos destacado ejemplos que alientan a los más pequeños a ser creativos, como también hemos advertido sobre las dificultades que enfrentan.

Ahora bien, esa libertad de gestación mental se va limitando a medida que los alumnos deben encauzar el pensamiento para plantear y buscar soluciones de problemas estructurados. Lo propio del esfuerzo creativo, en cambio, es alcanzar la meta a través de un camino que gradualmente se va descubriendo. Y ese avance exige algo más que inteligencia o conocimiento; también hace falta una cuota de audacia para animarse a saltar en el vacío y acertar con una idea original.

A medida que se avanza en los años de escolaridad, las relaciones son más complejas y estandarizadas, por lo tanto, la innovación encuentra mayores resistencias; y por lo mismo, niñas y niños requieren mayor estimulación de su entorno para tener una disposición favorable a lo nuevo, y una conducta dispuesta a ensayar, experimentar o probar con distintos medios.

De estas consideraciones resultan otras consecuencias de interés, advierten especialistas en pedagogía. Así, si el colegio solo premia el pensamiento probado, al calificar a los alumnos, y se marginan búsquedas o logros alcanzados por caminos no “formales”, se marchita tempranamente la iniciativa original. La exigencia, no solo escolar, sino también social, de que existan patrones de uniformidad tiene un efecto no deseado: reduce la potencialidad creadora.

En conclusión, el segmento de la creatividad que perdura -y que años más tarde dará vida a inventores e innovadores- está vinculado al juego y a la libertad con que hoy se muevan niños y adolescentes. Ese espacio debe preservarse y el sistema escolar debe contribuir mucho a ello.

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