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En los primeros días de marzo pasado nadie creyó que las primeras notificaciones de este virus originado en China fuera a extenderse más allá del primer semestre, pero la complicación de las cosas ha hecho que todo el año quede borrado bajo la cortina del coronavirus que ya llega a 52 millones de contagios en todo el mundo y a 1.282.000 víctimas fatales, donde se incluyen 7.600 notificados y 160 fallecidos en Ñuble.

Pero lamentablemente, la herencia de esta situación inédita aún no se ha asumido en nuestra sociedad; el miedo a las aglomeraciones, el adiós a las multitudes y la precaución ante el contacto físico, deberían ser a estas alturas los protagonistas de una nueva realidad que aplica a la forma como se interactúa en diferentes actividades económicas y sociales que forman parte de nuestra cotidianidad. Ya en noviembre, todo esto debería estar más asimilado y las personas mucho más conscientes, más responsables de su propia seguridad.

El problema es que el undécimo mes del año no marca un quiebre que haga ver lejos en el tiempo el comienzo de la pandemia y lejos aún su día final. Como pocos años, este año bisiesto será recordado en la historia por muchas cosas buenas que sucedieron, pero sin lugar a dudas todas derivadas de una mala gran noticia como fue el covid-19 aún en desarrollo y que obligó a todas las sociedades del mundo a cambiar sus hábitos tras su estela de muerte y destrucción de bienestar social.

Las palabras clave de esta incierta situación por la que avanza la economía, nuestra vida, muy cerca de cambiar de folio, no son muy distintas a las de marzo: virus, pandemia, contagios, aislamiento, cuarentena, recesión, desigualdad, entre otras atadas al hilo conductor de incertidumbre, la palabra más dañina para los planes económicos de cara a estas últimas 12 semanas y a un año nuevo que amenaza con ser mejor, eso si la vacuna no tarda tanto y repara la confianza de los diferentes sectores económicos.

Por eso, no se puede olvidar que las fases de aislamiento y restricciones solo son para que el sistema sanitario se prepare para atender la avalancha de casos, en ningún momento es la vacuna, ni siquiera un tratamiento. Por lo tanto, tenemos que seguir recurriendo al distanciamiento físico, al uso de máscaras, a los protocolos de bioseguridad y a otras estrategias de autocuidado. Asumir esta nueva realidad supone comprender el cambio en actitudes sociales y de comportamiento, en la forma de relacionarse y trabajar, lo cual ya está comenzando a tener un efecto importante sobre la economía y las estrategias de nuestras pymes para sobrevivir.

En lenguaje futbolero, éste sería el comienzo del segundo tiempo del partido, donde la pelota está en el terreno de las personas y el cuidado debe ser individual, eso sí, con la supuesta garantía de que si los contagios llegan a nivel crítico, existe capacidad de atención sanitaria para responder.

En sociedades más desarrolladas que la nuestra, donde han logrado controlar de mejor forma la pandemia y reabrir la economía, el elemento que marca la diferencia es el autocuidado; personas que deciden cuidarse de no contagiarse ni de contagiar a nadie. Esa la enseñanza que debemos seguir difundiendo para enfrentar el coronavirus.

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