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Servicio público

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El servicio público ha sido siempre considerado como una vocación noble y abnegada. Supone una fuerte inclinación hacia un trabajo en beneficio de los demás o hacia la causa común y, por lo mismo, se entiende que va acompañado de una natural tendencia a dejar al margen las consideraciones personales. Esta es la definición.

Cabe preguntarse si alguna vez se ha hecho de estos supuestos una práctica generalizada y, especialmente, si ello sucede en nuestros días.

Los hechos recientes instalan una legítima duda, pues la crisis que involucra al Estado y a las fundaciones es solo la parte visible de un problema mayor, a saber, el clientelismo y la excesiva dependencia de los funcionarios públicos con respecto a los cambios de gobierno, pues cada cuatro años se adiciona la discutible exigencia de militancia o simpatía política con los partidos oficialistas para trabajar en el aparato estatal.

El riesgo de esta vía -tan transitada por la derecha y la izquierda- es la segura infiltración del cuoteo, práctica que termina dañando a la ciudadanía por la baja calidad de los bienes y servicios públicos que produce, todo lo contrario a lo que el país y sus habitantes necesitan.

Bajo esta lógica, el servicio público deja de ser una vocación, para convertirse en una posición y/o plataforma electoral, y la diferencia es gigantesca: ya no se proyecta necesariamente al bien común. En el mejor de los casos, es una mezcla de preocupación pública y de beneficio personal y político.

En el caso de nuestra región, a pesar de que es burdo generalizar y de que no se duda que muchos procesos de reclutamiento atrajeron a personas competentes y dedicadas, como en muchos otros aspectos, en el institucional Ñuble tenía la oportunidad de hacer las cosas de un modo distinto y mejor para profesionalizar la carrera funcionaria. Habría sido un vuelco de campana: sin cuoteo, trenzas partidarias y la injerencia de parlamentarios y caciques políticos locales. Lamentablemente, hace 5 años fue otra la mirada que orientó la selección e incorporación de funcionarios y es de esperar que no ocurra lo mismo si en la actual administración se completan las plantas de las reparticiones que presentan déficit, algunas de hasta un 40%, como ha denunciado la Asociación de Empleados Fiscales.

El servicio público bien inspirado requiere de una mirada técnica y profesional. Esta visión técnica será muy bienvenida si permanece unida a la calidad humana que es propia del servicio.

Siendo ambas dimensiones necesarias, hay casos en que el justo equilibrio puede ser complejo. Cuando hay que tomar decisiones, es necesario priorizar y los criterios que fundamentan las distintas opciones pueden entrar en contradicción.

No se trata, entonces, de saltar de un extremo a otro de la repartija de cargos y las ambiciones políticas, al frío celo profesional, sino de esperar un justo balance, donde lo técnico y político se combinen para generar el máximo bienestar posible para los ñublensinos y ñublensinas.

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