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Política carcelaria

Agencias

Muchas de las cárceles chilenas presentan infraestructura obsoleta, carente de mínimas comodidades, en las cuales se apiña una población numerosa, que excede largamente la capacidad de albergue de esos inmuebles. Tal convivencia, lejos de ayudar a la rehabilitación, convierte a las prisiones en escuelas de aprendizaje del delito. Entretanto, las autoridades, que no desconocen la situación, solo han atinado a formular promesas, proyectos inconclusos y soluciones parciales que poco han contribuido a reparar este problema.

Abundan las promesas y los proyectos bienintencionados, como la nueva cárcel regional de Ñuble, pero escasean los hechos concretos y, en especial, sigue ausente la decisión firme de encarar la cuestión carcelaria mediante una política de Estado que la aborde en todos sus complejos aspectos.

Probablemente si se procediese de esta última manera, se progresaría muchísimo en la lucha contra la inseguridad. Sin embargo, la mayor parte de las cárceles chilenas no responde adecuadamente a la positiva intención de impulsar y promover la recuperación de los reclusos, tal como lo demuestran estudios -realizados por Gendarmería y otras instituciones- sobre reincidencia penal, donde un 50% de los reos que cumplieron una condena en algún recinto penitenciario del país volvió a delinquir. En Ñuble, sin embargo, las cifras de reincidencia son menores, inferiores al 25%, revelando la trascendencia de un factor tan importante como ausente en los esfuerzos de reinserción: las oportunidades laborales. Dicho de otra forma, menos gente que delinque en Ñuble vuelve a la cárcel porque aquí existen reales opciones de hallar un trabajo, aunque sea precarizado, en labores agrícolas o en el comercio informal.

En todo caso, que empleos informales sean el único camino a la reinserción laboral y social está lejos de ser el ideal. Por todo ello, resulta clave que el sistema penitenciario mejore su capacidad de ofrecer alternativas de formación efectivas, dignas y adecuadas a las aptitudes de los internos y pertinentes con las demandas del mercado laboral del territorio al que pertenecen los internos.

En general, son pocos los empleos en talleres que aportan aprendizaje de un oficio y sus salarios generalmente son bajos, no obstante los estudios realizados por Gendarmería también confirman que los internos los valoran positivamente, no tanto por las posibilidades de reinserción sino más por la ayuda que representan para “normalizar” la vida cotidiana en la cárcel.

Hay que insistir en que la reinserción no es ninguna medida de gracia o extraordinaria. Todo el sistema de tratamiento penitenciario debe tener como objetivo la progresión del recluso hacia la vida en libertad.

Si la Justicia no pretende que la cárcel tenga exclusivamente un carácter punitivo, tiene que buscar la recuperación del delincuente para la sociedad. A no dudarlo, no hay mejor prevención del delito que la rehabilitación de aquel que lo comete.

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