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O conversar y convivir…o morir

Para realmente cambiar las injusticias de Chile, los males del país, comparto plenamente la solución que nos entregó Humberto Maturana: “hay que cambiar la red de conversaciones generando otra”. Primero abrir la red, dejar las camarillas cerradas de clases sociales, de partidos, de apellidos, de cargos, etc. Y en esa apertura de la red, colocar razón y emoción, actitud de respeto en una escucha atenta por ese legítimo otro que piensa distinto a mi. Así, sin descalificaciones previas, con sinceridad honesta, evitaremos en nosotros mismos la lucha por el control.

Y este aprendizaje de escucha verdadera, su primer ensayo, debe darse entre los 155 constituyentes elegidos, que empezarán a conversar dentro de unas semanas. No sería mala idea poner en grandes letras, en el frontis de gran sala del antiguo Congreso donde van a sesionar, el rótulo: “Conversar para convivir. Sala Humberto Maturana”. Y no sería malo que en cada carpeta que reciba cada constituyente, en la tapa anterior, se le pegara este parche con letras de oro y que se leyera además al inaugurar cada jornada: “Constituyente : cambiemos nuestra actitud: en vez de competir, colaborar; en vez de desear, compartir”.

Por eso hablemos del fin del liderazgo y del inicio de la era de la co-inspiración y la colaboración”. Porque en vez de definirse allí según “bancas oposición”, concebirse todos más bien como “bancadas de colaboración”. Y este es el gran error del Congreso vigente y de los partidos políticos, error que será preciso desmantelar con práctica cotidiana a todo nivel. La negativa a dialogar, a entenderse, a superar diferencias en una síntesis mayor, la termina pagando Chile y el desencanto total que sufren los chilenos de sus autoridades

A días de una elección tan trascendente, la tarea que se viene es rehumanizar el desarrollo, lo que implica preguntarse ¿qué país queremos ser? Por ceguera bicentenaria, no nos queremos dar cuenta que disponemos de un núcleo nativo, con otra visión de mundo, con otro lenguaje para la construcción de las posibilidades, con un paradigma diferente de lo que significa ‘lo humano”, indudablemente una gran riqueza para el país. Por tanto, los procesos apuntan a un reenfoque del “Proyecto país”, de cambio de mentalidad gestado a todo nivel desde las matrices educativas. Particularmente, subordinar el exitismo económico dentro de un propósito y objetivo mayor del país, que sería la felicidad humana, el buen vivir, el cual privilegia el ser por sobre el tener.

Es la hora de la pregunta postergada: ¿queremos reconocernos como nación con identidad cultural o queremos seguir cayendo en la fosa común de la globalización? En consecuencia, se trata de rediseñar el concepto de “comunidad nacional”. Se precisa una reforma nacional profunda en la mente cívica, donde programas de desarrollo y estrategias de gestión cultural modifiquen las estrechas concepciones de autoimagen ontológica de los chilenos, los que enseñen básicamente un nuevo relato que describa en qué consiste “ser chileno”, y que esa re-encantada narrativa lleve al amor cívico y a nuevas responsabilidades ciudadanas .

Hasta el sábado pasado, se observaba al anciano científico sano y trabajando sistemáticamente en su Instituto Matrízco de Ñuñoa. Recién el martes le aparecieron síntomas de neumonía pero no asociado al Covid, y desde ese día se fue yendo de a poco, allí en su casa, tranquilo y sin remordimientos ni proyectos inconclusos. Hacía un par de meses había dicho que iba a decidir cuándo irse porque no quería ser una molestia para nadie. Y se fue justo unos tres después de lanzar y publicar su último libro, “La revolución reflexiva”.

Desde su laboratorio, Humberto Maturana (1928 – 2021) nos informó que la estructura de recepción del sonido de ciertos peces es una línea de células en la piel. Por eso, escuchar es finalmente “tocar”, acercarnos para recibir la vibración del otro. Y en esto no hay nada mejor que –después de una apasionada jornada constituyente- darse todos un buen abrazo. El nos dejó un camino, una metodología para hacer posible ese abrazo de nuestras diferencias.

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