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Igualdad y estatismo

En el “Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres” Rousseau pone el acento en que la naturaleza hace a las personas felices y buenas y que es la sociedad quien las corrompe. El ser humano en su estado puro no hace de las relaciones sociales un hábito y en ese contexto, las desigualdades propias no se aprecian.

La situación sin embargo, es que ya estamos viviendo en sociedad, interactuando unos con otros. En este panorama, la solución que plantea Rousseau es que dado que la desigualdad se nos hace patente por el progreso, la educación y las leyes, deberíamos volver a nuestro originario. ¿Cómo lograrlo?

La necesidad de alcanzar una sociedad igualitaria requeriría una estructura política y de gobierno tan fuerte, que nadie pueda salir del modelo que sería bueno para todos. Así, tendríamos que concretar un contrato social por el que todos los ciudadanos se subordinen a la directriz del estado.

Ahora bien, para que esto funcione se tienen que dar ciertos principios. Por una parte, señala Rousseau, la voluntad general del cuerpo social debe fijar las pautas morales exigibles a todos los ciudadanos.

Por otra parte, pero en simultáneo, la igualdad requiere que nadie pueda disponer libremente de sus propiedades: “el derecho que cada particular tiene sobre su propiedad está siempre subordinado al derecho que la comunidad tiene sobre todos” (Contrato social, I, 9).

Si algún miembro de la ciudad se manifestara en contra de esta voluntad general, pues habría que obligarlo, ya que en definitiva este individuo no sabría en realidad, que su verdadera libertad se encuentra en la igualdad que provee la voluntad general: “A fin de que este pacto social no resulte una fórmula vana, encierra tácitamente el compromiso, que por sí solo puede dar fuerza a los otros, de que cualquiera que rehúse obedecer a la voluntad general será obligado a ello por todo el cuerpo, lo cual no significa otra cosa sino que se le obligará a ser libre, pues tal es la condición que, otorgando cada ciudadano a la patria, le garantiza contra toda dependencia personal, condición que supone el artificio y el juego del mecanismo político y que es la única que legitima las obligaciones civiles, las cuales, sin ella, serían absurdas y tiránicas, y quedarían sujetas a los mayores abusos” (Contrato social, I, 7).

Por cierto, el camino para lograr esta forma social en que el Estado asume el control de cada persona, supone que sus caudillos no se aparten de las siguientes pautas: “Ese control se establece tratando a los ciudadanos desde su infancia como hijos del estado, educados para verse sólo en su relación con el Cuerpo del Estado”; “Porque al no ser nada sino gracias a él, no serán nada sino para él”;“Tendrá todo lo que ellos tienen y será todo lo que ellos son”.

¿Es viable el igualitarismo roussoniano? Solo sería viable a través de la fuerza, porque lo natural es que las personas somos desiguales unas respecto de otras. Con todo, Marx en el plano teórico y Lenin en el práctico lo han procurado. Y no hay duda que en nuestro tiempo esta ideología resuena en la nueva izquierda. 

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