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Futuro Parque Schleyer “es una reparación moral”

Por más de 20 años, Sonia Jungjohann, golpeó puertas y levantó la voz para que Chillán al fin pudiera ver concretado algo del Parque Schleyer, soñado proyecto por el cual su bisabuelo, Juan Schleyer, donó nueve hectáreas de terreno en el sector centro sur de la ciudad.

La semana pasada, se concretó el primer paso luego que el municipio y el Gobierno Regional anunciaran la adquisición de la medialuna pata levantar en tres hectáreas (sumarán una otrora escuela adosada al recinto) el anhelado parque a través del cual se otorgará un pulmón verde en la capital de Ñuble y además recuperará en parte la memoria del filántropo.

Su bisnieta toma el anuncio como un gran logro, pero sin olvidar la enorme deuda que mantuvieron todas las administraciones municipales que se sucedieron desde la donación de los terrenos, en los albores del siglo 20.

– Finalmente tras casi dos décadas, se anuncian los fondos para adquirir la medialuna además de una ex escuela adyacente, que totalizan cerca de tres hectáreas para ser destinadas a un parque urbano. Autoridades lo presentan como el anhelado parque Schleyer. ¿Qué opinión le merece el proyecto?

– Si somos fieles al concepto, la construcción del “anhelado” parque urbano en sus nueve hectáreas originales fue reclamado válidamente durante décadas por la familia, porque así lo permitían las escrituras, las que especificaban que estos terrenos no podían ser enajenados ni vendidos. Anhelar algo tiene un dejo más filosófico tal vez, de desear de un modo más utópico, con mayor vehemencia que con un simple deseo. La donación de esas nueve hectáreas fue real, la recepción por parte del municipio fue real, los alcaldes que usurparon de esas tierras para fines políticos en forma irregular también fueron reales. No fue un simple deseo familiar lanzado al aire esperando que algún día el municipio lo construyera, por arte de magia. El proyecto del parque en esas casi tres hectáreas, autorizado en forma unánime por el gobierno regional y municipal, es una reparación moral que la comunidad chillaneja necesita para volver a creer en sus instituciones y administradores que deben velar por sus bienes comunales. Y, ante todo, honrar la figura de Juan Schleyer Brandt, quien representa a tantos inmigrantes que llegaron a la zona y confiaron en que sus aportes bien intencionados serían protegidos y conservados en el tiempo.

– Se entiende como un primer gran paso del municipio y el Gobierno Regional, el hecho de adquirir la medialuna, el terreno, sumado al financiamiento del diseño. ¿Qué esperarían ustedes respecto a los plazos para ver levantado el parque para la comunidad?

– Las escrituras especifican el tiempo de levantar planos, diseños de senderos, plantar árboles nativos, construir lo que define un parque y que lo diferencie de una plaza en dos años, y por el poco terreno a comprar, cumplirán de seguro, con una parte del proyecto total, el que implica un parque natural en extensas áreas verdes, las que transformen la vida de los chillanejos, un lugar de esparcimiento, quietud y belleza escénica donde las familias socialicen, paseen, se llenen de energía y descansen del estresante diario vivir. Quedarán otras pendientes, todas de gran interés para la comuna, tierra huasa por naturaleza, como son terrenos para exposiciones agrícolas, de ganados, etc.

Las escrituras dejan de manifiesto que la administración del parque debe ser una comisión conformada por tres miembros de la familia Schleyer, en este caso, descendientes o instituciones delegadas como la Asociación Schleyer, Germania Chillán, u otra a definir, junto a otros de la municipalidad, los que son responsables de la ejecución y mantención en su integridad de la obra. Esto implica contar con recursos municipales y regionales anuales.

– ¿A qué atribuye usted que esta vez al fin las autoridades comprendieron la importancia de acelerar el proyecto, a diferencia de administraciones anteriores?

– Creo firmemente que sucedieron dos cosas: la primera, es que llegamos a ser muchos los que nos mantuvimos fieles a este reclamo, gritamos muy fuerte, llegamos a todos los sectores, fuimos vistos y escuchados por personas sensibles, con el don de servir, más que usufructuar para ellos mismos. Aunque suelo aparecer como líder de esta lucha eternizada por negligencias municipales, no estuve sola todo el tiempo en esto. Partimos varios primos descendientes de Fanny Schleyer Helmkampff, hija de Juan, que vivimos en Los Colihues, donde se radicó el bisabuelo sus últimos años. Se nos unieron luego, Germania Chillán, el naciente Ñuble Región liderado por Hérex Fuentes, algunos concejales y diputados. Los más fuertes y aguerridos defensores del parque en el último tiempo han sido y seguirán siéndolo, la Asociación Parque Juan Schleyer y la Junta de Vecinos Schleyer, y por fortuna, ahora, el recién electo alcalde Benavente, visionario como mi bisabuelo.

Esta permanente y obcecada insistencia de la generación de bisnietos de Juan por casi veinte años, cumplió el lema de Gabriela Mistral, “Todo esfuerzo que no es sostenido se pierde”.

Lo segundo que consolidó lo del parque fue que el alcalde Benavente hizo una promesa y la cumplió. Las anteriores administraciones fueron ciegos e insensibles a este gran propósito. No quiero referirme a sus motivos, son demasiado evidentes. Zarzar, con quien más interactué codo a codo en este proyecto, prometió y nunca cumplió. ¿Qué más puedo decir? Jugó con lo más esencial de toda relación, la confianza y nos enseñó que su palabra no vale. La confianza se regala, pero un solo gesto la destruye.

– Sabemos que este futuro parque es apenas una mínima parte del terreno donado por Juan Schleyer. ¿Siente que Chillán comienza a pagar su deuda con el legado del benefactor o la ciudad debe hacer mucho más todavía?

– Una buena analogía nos permite responder esta pregunta. Cuando diferentes actores comunales se comen la torta y, ante nuestra incredulidad, nos entregan la guinda y el raspado, ¿cómo queda uno? Nos estamos conformando con un exquisito alfajor típico de la zona. Y obviamente, debemos seguir conversando. La donación se hizo cuando Chillán era una ciudad emergente, recién abarcando terrenos más allá de sus cuatro avenidas, con tan solo 40.000 habitantes. Esas nueve hectáreas, con lo edificado y plantado, derechos, acciones, usos y servidumbres, sin gravamen y con obligación de saneamiento por evicción conforme a la ley, era un privilegio para cualquier ciudad. Su valor en la década de los veinte era aproximadamente de setenta mil pesos. En la actualidad, según los expertos, ese valor supera los ocho mil millones de pesos. El 2015, según un estudio de la Pontificia Universidad Católica de Concepción calculó tan solo el valor de 191 lotes, y era de cuatro mil quinientos millones de pesos.

Hoy, se está saldando un tercio de la deuda histórica. Mi bisabuelo tenía una gran visión empresarial y deseaba que estas tierras también ofrecieran espacios para exposiciones industriales y agrícolas de renombre, poniendo a Chillán como centro del progreso y la modernidad. No dejaba fuera el arte, el deporte y la cultura, en general, todo eso que congrega a los ciudadanos en diferentes expresiones humanas.

Con esa idea en mente, durante años solicitamos al municipio que nos cediera un sitio desocupado del sector Schleyer para Germania Chillán, un grupo de descendientes de alemanes que deseamos preservar la cultura germana en la comuna y propiciar importantes proyectos al servicio de la región de Ñuble, y nada pasó. Es otro modo de honrar a Juan Schleyer, por ejemplo. En esto seguiremos insistiendo.

Lo importante de este 9 de marzo del 2022, fecha que quedará registrada en los anales de Chillán, llenó de esperanza nuestros corazones, y hemos vuelto a creer, esta vez, con fundamentos. Un gran proyecto requiere actores, y ahí estaremos, como siempre, junto a mi tierra chillaneja, donde quiera que esté.

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