Close
Radio Radio Radio Radio

Vocales, voluntarios y votantes destacaron la tradición democrática del voto

La primera vez que a Blanca Espinoza García le tocó estar como vocal de mesa fue para el plebiscito de 1988. La histórica jornada del Sí y del No.

Con locales llenos de militares y una expectación sin precedentes. Pese a que las cámaras, la cobertura internacional que ardía en curiosidad se centraba en Santiago. “Al menos acá no se vio ese miedo, ni las dudas ni la efervescencia que se veía en la tele, pero claro que los días anteriores el ambiente estuvo raro, mucho más que lo que se siente ahora”, dice.

Dos años después, para la primera elección presidencial post dictadura, su hija había nacido. Si bien para muchos, ese plebiscito se sintió como una “segunda parte” del de 1988, la preocupación para Blanca y el resto de los vocales era que “a diferencia de ahora,  que es todo computarizado, en esos años había que hacerlo todo a mano, entonces terminábamos en el Colegio Escrutador como a las dos ó tres de la mañana, con tremendos  libros de Petete que traspasar. Además, teníamos ver los votos de Ninhue, Cobquecura, Coelemu, Trehuaco”.

Ya sea por designación o por voluntariado, no se ha perdido de ninguna elección siendo parte del Servel.

Dice que ya se le agudizó el ojo y sabe “cuando un apoderado va a andar tranquilo o va estar jugoso. Porque llegan acelerados los jugosos, pero acá en Quirihue la gente se conoce, una ya sabe quién va a votar por quién y por eso siempre ha sido tranquilo y muy respetuoso.

Contó votos para la disputa Frei-Alessandri; Lagos-Lavín; Bachelet-Lavín; Piñera-Frei; Bachelet-Matthei y Piñera-Guillier.

“Pero este año fueron demasiadas las votaciones. Hubo primarias, gobernadores, diputados, alcaldes, consejeros, concejales, la primera vuelta y ahora la segunda; entonces la gente ya se está cansando. Por ejemplo, antes las mesas siempre se constituían antes de las 8 de la mañana, porque a las 7 de la mañana ya estábamos todos en el local. En cambio, ahora, por primera vez hubo varias que recién nos constituimos después de las 9”.

“Para el plebiscito del Sí y del No, algunos pensaban que si ganaba uno u otro más o menos se iba a acabar el mundo y la verdad es que la sensación para la gente común y corriente, la gente del campo en general no hubo muchos cambios en su vida. La verdad no pasó nada. Y siguió pasando lo mismo, mucho temor a que si ganaba el otro iba a ser catastrófico, pero la vida seguía igual. Siento que los jóvenes sienten eso y por eso no vienen a votar. Tampoco hay transgéneros -salvo uno- o representantes de minorías votando acá”.

Agregó que “ningún presidente tiene las facultades para hacer que la gente se respete, ni para que todos acepten sus valores ni para que exista o no paz. Eso, al final, siempre depende de cada uno. Usted ve que la gente sube a redes sociales solo críticas al otro, nunca destacan cosas buenas de su candidato, y eso siembra esa discordia, esa polarización. Mi llamado a la gente de Quirihue es que si gana, lo haga con humildad; y si pierde, que no pierda el respeto. Somos una ciudad pequeña y tranquila, y no me gustaría que eso cambiara. No vale la pena”.

El otro voluntariado

Desde los 18 años, Teresa Aguilera Saldías, ha sido voluntaria de Cruz Roja y para el Plebiscito de 1988, le pidieron que fuera parte del voluntariado en los locales de votación de Bulnes, su ciudad natal.

“Lógico que había algo de nervios. Yo estudiaba en ese año, en Concepción, y allá las calles estaban raras, con protestas, manifestaciones y una andaba casi agachada. Lo bueno es que acá en Bulnes todo se calmaba y hasta la fecha ha sido así”, relata.

Sentada en la entrada del local, con una mesa y su equipo para tomar la presión, siempre junto a otra voluntaria, Teresa repasa innumerables casos de personas que -a veces por la edad, a veces por el calor- les sube o las baja la presión o sufren desmayos.

“Nunca me ha tocado nada grave, pero acá en Bulnes hay mucha gente adulto mayor y a varios de ellos les cuesta subir al segundo piso. No entiendo porqué el registro civil no habilita mesas para personas con discapacidad. Ellos tienen esa información y podrían hacerlo”, dice.

Compara las votaciones anteriores y dice que ahora siente a la gente más polarizada, pero a la vez “el proceso ha sido relajado. Antes no podías entrar con bolsos ni nada; ahora he visto señoras entrar con carteras, lolos con mochila y no pasa nada. Antes, los militares las habrían revisado. Ahora viene la gente con niños, como que salen a pasear, antes no tanto”.

A veces, la tercera edad junto con los achaques esperables, sufre de soledad.

“Y cuando uno los atiende, te toman las manos, te miran y te dicen ‘ojalá que haya que venir a votar de nuevo. Te cuentan sus enfermedades, sus problemas en la casa y esas cosas. Nunca sobre la votación, pero a veces hay que hacer de sicóloga con ellos”.

Cerradas las mesas, ellas toman sus cosas y se van. Cumplieron una labor que aunque no siempre se reconoce, es tan importante, que estará allí hasta la última vez que alguien vote por alguien, en el país.

Las dos realidades

Con cerca de 25 años para 1988, el periodista Mario San Martín salió declaradamente nervioso a votar. La atmósfera era otra, claro.

“Recuerdo que había en las calles, cercanas a los puntos de votación, mucha gente adherente al gobierno de Pinochet, que estaban ahí parados, con una mirada escrutadora, para ejercer presión.

“Estaba todo tan polarizado como ahora y uno lo único que quería era llegar a ese espacio tan anhelado, donde se está solo y emitir su voto, que era lo único que teníamos para optar por otra alternativa”, cuenta.

Repasa también esa suerte de sicosis respecto a si el voto era tan secreto como prometían. “Había toda una inquietud si por el rut a uno le podían hacer una trazabilidad para saber por qué se había votado. Pero al final se recuperó la democracia, ya que no es lo mismo vivir en democracia que bajo un régimen militar, ni siquiera para quienes eran de Gobierno. Claro que uno esperaba más después, especialmente cuando ya con los años salieron a la luz más cosas que estaban mal. Pero al menos, para mí, los años siguientes era una alegría inmensa ir a votar”.

Mario dice que en San Carlos aún prima el respeto y la educación en la calle ese día. La gente saluda a los carabineros, a los militares, a las autoridades y a sus vecinos, con toda familiaridad y con un cariño genuino.

“Pero hay dos realidades. Esa, la de la calle que describí, y la otra que se vive en redes sociales, que es más agresiva, opuesta y con matices que en la vida real, luego no se ve”, destaca.

Eso demuestra que más allá del cariño y la educación del sancarlino, “40 años después del plebiscito del Sí y el No, claramente seguimos con diferencias notorias. Por eso los jóvenes están desencantados, porque se promete demasiado y se cumple poco. Admito que se ha avanzado, pero hay otro temas críticos que siguen igual. Por primera vez, desde 1988 siento que la historia se repite. Las diferencias se polarizaron, hay de nuevo un Todo o Nada. Ni entonces, ni ahora se puede votar por un más o menos”.

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

Leave a comment
scroll to top