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Último Mensaje

Agencias

Todo mensaje presidencial ocupa un lugar especial en la trayectoria de un gobernante, ya que es el documento más importante de los jefes de Estado y como tal está siempre precedido de grandes expectativas: de la ciudadanía, de los distintos grupos de interés e incluso de expertos, historiadores y cientistas sociales, que los analizan y estudian, en cuanto allí se inscriben grandes definiciones para tratar de entender a los distintos gobiernos.

Este año, pese a ser el último mensaje del segundo mandato del Presidente Sebastián Piñera, las expectativas eran bajas, considerando la pandemia del covid-19 y la débil aprobación del mandatario y de su Gobierno, lo mismo que de la coalición que lo respalda. En un discurso que se extendió por una hora y 36 minutos, Piñera hizo un completo balance de su gestión, y principalmente de los últimos meses que se han visto marcados por la crisis sanitaria, económica y social causada por el coronavirus. En su alocución, el Mandatario asumió errores, defendió su gestión, intentó plantear lo que en La Moneda llaman “el legado” e hizo un anuncio fuera de todo libreto, como es la urgencia al proyecto de ley de matrimonio igualitario, que tomó por sorpresa incluso a sus propias filas, y abrió un debate en el oficialismo, donde los sectores conservadores ya declararon su rechazo total a la iniciativa.

También fue sorpresivo su reconocimiento a los gobiernos de la ex Concertación y una autocrítica poco común en el empresario, en este caso para pedir perdón a las personas que no han recibido la ayuda suficiente durante la pandemia.

Sin embargo, para la misma coyuntura tuvo los conocidos eslogan y frases ampulosas al referirse a la capacidad de reacción, tanto en el origen de la crisis con el fortalecimiento de la capacidad de la red hospitalaria, como posteriormente con la compra de vacunas.

Igualmente se adjudicó un discutible rol protagónico en el proceso constituyente, cuando señaló que “para abordar la crisis política propusimos y promovimos un Acuerdo por la Paz, la Justicia Social y una Nueva Constitución”, cuando en realidad ese acuerdo fue promovido por los partidos políticos y fue la tabla de salvación para su Gobierno ante la presión de la calle que pedía el término anticipado de su mandato.

Para los que esperaban un discurso para la historia, tuvieron que conformarse con uno anclado en algunos logros asociados al manejo de la pandemia del coronavirus y discutibles referencias a la crisis social, las ayudas a las familias y la nueva Constitución.

Pero donde se puede afirmar con total certeza que el último mensaje presidencial tuvo una enorme falencia fue en la nula importancia que le dio a los temas relativos al desarrollo regional. De hecho, la palabra descentralización o gobiernos regionales no apareció ni una vez en el discurso.

Tal omisión en realidad no debería sorprender, pues es altamente coherente con el lugar y la prioridad que ha ocupado en la agenda oficial. La de ayer es una laguna más y no sólo en los mensajes de esta administración, dando cuenta de otra triste realidad que golpea a nuestro país: el centralismo excesivo que está produciendo un verdadero desequilibrio entre la capital y las regiones y que se ve reforzado por un sistema fuertemente presidencialista, que agudiza el impacto que tienen las decisiones de quien está al frente del Ejecutivo.

Romper este paradigma supone una enorme cuota de capital político que muy pocos gobernantes han estado dispuestos a poner en juego. Sin embargo, arriesgarse también es parte del verdadero liderazgo, aunque el presidente Piñera no lo haya entendido nunca así.

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