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Sentido de la chilenidad

Agencias

Cuando reflexionamos acerca de lo que celebramos en las Fiestas Patrias, emergen una serie de preguntas respecto al pasado del país y cómo este configura el presente de las tradiciones que se suelen celebrar o conmemorar.

Partimos con la imagen de la primera junta nacional de gobierno, encabezada por Mateo de Toro y Zambrano, la cual se efectuó el 18 de septiembre de 1810 en Santiago, como un primer intento de establecer un autogobierno, pero jurándole lealtad al rey de España. Se dice que esta fue la primera instancia en la que la gente salió a las calles a celebrar masivamente este acto de incipiente rebeldía, que se consagraría 8 años más tarde con la jura de la independencia (12 febrero de 1818).

De esta manera, las Fiestas Patrias vendrían siendo el “cumpleaños de Chile”, en el cual se conmemora su nacimiento como proyecto de autogobierno, que decantaría, casi una década después, en la constitución de la República independiente y soberana de Chile.

No obstante lo dicho, la solemnidad de tamaña hazaña es soslayada por el sentido que actualmente ha tomado la conmemoración de esta fecha en la actualidad: 212 años después, para la mayoría de los chilenos esta es una fecha que significa pasarlo bien, o sea, comer harto, beber sin remordimiento y bailar. Incluso, para una minoría, significa “mini vacaciones” fuera del país.

La chilenidad de fonda, la dieciochera, parece ser un estado de excepción, un constructo estético, de anticuchos, zapateo, chicha en cacho y un menú gloriosamente indigesto que nos permite sentirnos una vez al año transversalmente unidos, de un mismo pueblo y una misma clase, con un mismo relato donde no naufraguen las heridas de la memoria. Nos junta en una bacanal que incluye a toda la familia “chilena” y donde beber en exceso no tiene tarjeta roja. Se echa la casa por la ventana, se altera cualquier cotidianidad. Es lo más cercano que tenemos a un carnaval.

Sin embargo, el concepto y la devoción de chilenidad, en esencia, hoy se vive mayoritariamente solo en regiones como la nuestra. En buena parte del país es una efeméride vacía de sentido, aunque cada vez más carnavalesca y transversal. De hecho, deberíamos agradecer al sector comercio, que se ha convertido en el motor indiscutible de nuestras actividades conmemorativas de Fiestas Patrias. Si no rentase todo lo que se vende (comidas, disfraces, viajes, fiestas), septiembre podría ser un mes más del año, con un breve paréntesis de tres días de feriado nacional.

Cabe, entonces, preguntarse si ¿existe un sentido de chilenidad que trascienda los contextos históricos y las clases sociales, aglutinando bajo su bandera común a todos los habitantes del país? La respuesta es no, aunque hay excepciones.

Las celebraciones septembrinas se fundamentan en la identidad del mundo rural y de eso Ñuble da cátedra. Aquí nos vestimos de huaso, bailamos cueca, respetamos el rodeo y vivimos la verdadera chilenidad los 365 días del año.

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