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Política buena y mala

Cristian Cáceres

Una de las discusiones activas en nuestro mundo político, sobre todo cuando se busca perfilar o definir atributos de candidatos o candidatas, es la que pone en la balanza la política tradicional para resolver problemas sociales y por otra parte, la necesidad de enfrentar esos problemas en términos de gestión.

La propuesta implícita de esta supuesta antinomia es suplantar escenarios poco verificables por otros más concretos y reales. Para algunos es una idea bastante ingenua, que desconoce las complicaciones naturalmente asociadas a la lucha por el poder. Y no se equivocan, pues a veces puede serlo, pero al mismo tiempo siempre será deseable la aplicación de una vocación de trabajo donde suele apostarse solo al discurso.

Mientras el populismo propone un esquema simplista y arma una consideración de lo “bueno” popular, este otro tipo de enfoque -más moderno y más eficaz a la hora de luchar contra los problemas reales de la ciudadanía- apuesta a preguntarse cómo hacemos rendir de la mejor manera posible el Presupuesto, cómo atraemos inversiones y capital humano calificado, o qué esfuerzo colectivo sería necesario para transformar una ciudad que aún no se gradúa en materias que son relevantes para el bienestar de quienes la habitan.

La buena noticia es que aunque todavía tímida, esta forma de encarar el trabajo político comienza a abrirse paso y no la detienen las objeciones que sugieren que el criterio de eficacia o gestión va en contra de la acción política y el bienestar popular. Por el contrario, lo que ha sido ya probado hasta el cansancio es que no basta con que un candidato o candidata se diga o se muestre popular para resultar realmente útil para el bienestar de la mayoría.

Lamentablemente, la política local no ofrece desde hace tiempo un dispositivo analítico adecuado para el inventario de dificultades comunales que sumadas y puestas en perspectiva son una de las razones de la declinación que exhibe Chillán cuando se la compara con otras ciudades de igual tamaño.

Es entendible que algunos candidatos y candidatas prescindan de grandes propuestas conceptuales, que eludan los debates o entrevistas de periodistas independientes pues se sienten más cómodos con el lenguaje simple o la cercanía de “medios de comunicación amigos”, pero lo que no se puede permitir es que el pragmatismo disfrace la inmoralidad de no tener propuestas ni fijar posición frente a los grandes temas que finalmente definen el desarrollo de la comuna y el bienestar de sus habitantes.

Es inmoral porque resistirse a ofrecer precisiones sobre lo que se piensa hacer es una táctica para ocultar la incoherencia de estar dispuestos a hacer una cosa o la contraria, según la conveniencia del momento. A fin de cuentas mal se puede reprochar el incumplimiento de una promesa a un candidato o candidata que no fue capaz de fijar posición alguna.

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