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Población Las Habas: Tres historias para entender el futuro de un sector que tiene en jaque a toda la comuna

Archivo LD

Primera historia: “El CTC”.

La Prefectura de Carabineros Ñuble, en el año 2006 creó una unidad llamada “Patrulla Vecinal”, cuyo objetivo era recorrer los barrios más alejados o con más carencias y tomar apunte de sus necesidades, recoger sus quejas, hacerlos sentir acompañados y, en fin, generar buena onda.

El encargado era el entonces suboficial Gunter Cuevas que siempre se le veía en su moto, y se le escuchaba en las radios para dar consejos sobre prevención y seguir con esta buena onda.

Un día, patrullando con otros motoristas decide ingresar a Las Habas.

Pese a las advertencias de sus compañeros, lo hizo. Pero para no poner en riesgo al resto, entró solo.

El ruido del motor avanzando por el callejón, los chiflidos de alerta de los “loros” apostados en el acceso del pasaje hizo que a lo menos unas siete a ocho puertas se abrieran. Sólo se veían ojos que lo miraban fijos, y la punta de algunos rifles.

Escuchó el “chic-chic” de quien prepara el arma para disparar, vio una decena de niños recogiendo piedras y sí, se arrepintió de haber entrado. Pensó en Dios y en su familia. Transpiró helado.

Pero no era su hora. Una niña, de no más de cuatro años, con síndrome de Down apareció a pocos metros de su moto. Se detuvo, le sonrió, le estiró los brazos y él se aferró de su tierna salvavidas.

La subió a la moto, y sonriendo ambos, la paseó por toda el pasaje. Los rifles desaparecieron, las puertas se abrieron enteras y una decena de niños corrieron a su encuentro. “¡Ahora yo, ahora yo!”.

Hizo que el resto de la patrulla entrara y estuvieron como media hora paseando niños en moto. Lo ascendieron a “tío Gunter”.

El tío Gunter, les juntó regalos para Navidad, les celebraba el Día del Niño y conoció así a un niñito flaco y alto, retraído y diferente al resto. Más educado.

Era buen alumno y no estaba metido en vicio alguno. Un día, el suboficial le trajo lápices, cuadernos y un par de libros infantiles, que -le consta- leyó.

Pero la buena onda con el barrio decayó.

Pese a las onces, los regalos y los paseos en moto, no los pudo disuadir de no asaltar más a los conductores que cruzaban Martín Ruíz de Gamboa. Y cuando se metió la pasta base en el lugar, chao, se acabó todo.

Un día se encontró con este menor en el centro. Ya todo un adolescente, muy flaco y alto (casi 1.85) pese a sus 15 años, y estaba robando monedas con un alambre, de los desaparecidos teléfonos públicos de la empresa CTC.

El papá le había pillado los libros, lápices y cuadernos y enfurecido se los botó. Le pegó y lo mandó a “trabajar”.

Como no tenía corazón para asaltar gente, prefería eso. Sacarle monedas al teléfono con un alambre y así se ganó el apodo del CTC.

“Ya te pillé robado”, le decía el tío Gunter. “Ya, ándate para la comisaría y espérame allá, diles que te mando detenido”, le ordenaba. Y el CTC, obediente, se iba a entregar.

El mayor José Quitral y el tío Gunter, le compraron un bolero con la condición que fuera todos los días a lustrar zapatos a las 7 de la mañana. No faltó nunca, era puntual y, de no creerlo, llevaba plata de su sueldo para la casa.

Pero se metió el Sename. Lo intervinieron por ser un niño vulnerable, le dijeron que no podía trabajar y tras terapias de sicología y talleres de reinserción, como dicta el manual, se lo devolvieron a sus padres.

Estuvo preso y ni el tío Gunter ni el tío Mayor Quitral, supieron más de él.

Los Boris y los chillanejos

A principios del 2000, tras una serie de quejas por problemas de robo y venta de marihuana, la Municipalidad de Chillán, decidió -con el alcalde Aldo Bernucci a la cabeza- intervenir un sector de la Población Vicente Pérez Rosales al que le clavaron como apodo “el barrio chino” por ser el lunar de delincuencia más complejo y subversivo de la Región. Por lejos.

Esta intervención consistía en desarmar ese puñado de ranchas hechas de planchas de madera, tablones, plástico y cartones y llevarse a las familias a un pasaje con casas básicas pero completas, ahí en el mismo barrio.

Un lugar con sólo una entrada y salida, al que se accede por calle Mariscal Martín Ruiz de Gamboa y que se bautizó como Las Habas.

Frente al acceso, había un sitio eriazo al que alguna vez se le intentó dar el carácter de “multicancha”, (esa vieja esperanza de sacar con eso a los niños del vicio).

Como un vago recuerdo quedarán las lágrimas de las felices nuevas dueñas de las flamantes casas, de los niños inaugurando con pelota nueva la cancha de tierra con arcos de metal y los agradecimientos con abrazos incluidos, a las autoridades comunales de la época.

Lo cierto es que la solución, terminó siendo un balazo en los pies para la seguridad de la comuna.

Desde hace años, con un vecindario cada vez más marcado por el tráfico de drogas, esa única entrada resultó ideal para los traficantes, ya que instalan a sus “loros” las 24 horas a vigilar si viene algún contingente policial.

La multicancha les da un espacio de vigilancia panorámica adicional, un lugar de fuga a sitios eriazos y, actualmente, un lugar para dejar los vehículos robados, ya desguazados e incinerados.

Si a alguien le robaron un Ford Fiesta azul, puede ir a la cancha. Hasta hace sólo unos días había uno abandonado y con aspecto de animal devorado por hienas.

El lugar ha sido -y sigue siendo- intervenido por redes asistenciales y de salud del municipio. Se realizó en 2012 y 2016 un completo trabajo de desratización, limpieza y hasta se instaló en el acceso un set de máquinas de ejercicio (plaza viva).

Y “está toda una taza de leche”, explicaban los carabineros de esos años. “Lo que pasa es que todos los malos están presos”, advertían.

Y aunque le cambiaron el nombre a Villa Las Almendras para borrar el estigma, el lugar sigue siendo llamado Las Habas.

La fama de barrio bravo, de punto de venta de drogas y su situación estratégica que le otorga rápidas salidas a diversas partes les dio un nombre incluso en Biobío.

Se asociaron con algunos vecinos del barrio Boca Sur, de Concepción y la peligrosidad aumentó.

Hace sólo unos años “vimos que llegaron unos hombres. Eran de Boca Sur y andaban escondidos porque en Conce habían matado a otras personas. Les decían Los Boris y parece que a ellos los echó de allá una banda de traficantes nueva, que usaban a colombianos. La cosa es que se vinieron para acá”, comenta una vecina, adulta mayor que cuenta con una renta menos que modesta gracias a un trabajo formal. Sí, lógicamente, los hay.

“No me ponga el nombre en el diario porque me matan”, pidió.

Los Boris no sólo no se quisieron ir más de Las Habas, sino que trataron de establecer sus negocios de tráfico de drogas y robo de vehículos para vender los repuestos que algunos talleres clandestinos les encargan.

Eso ha generado peleas entre ellos, balazos y muertos se han contado desde el año pasado. La semana pasada detuvieron en un allanamiento al “Guatón Rafael”, quien arrancando de Boca Sur, volvió a matar a su rival y se volvió a Chillán.

Era tío del delincuente de 16 años que mató al cabo Breant Rivas el viernes antepasado. El adolescente, fulminado a tiros en el lugar, también venía de Boca Sur.

La llegada de su féretro a ese barrio penquista fue recibida con globos, disparos y loas interminables porque el “héroe había matado a un paco”.

El alcalde Camilo Benavente, quien siendo funcionario de la Gobernación hizo trabajos de limpieza y luego fue como encuestador del Censo a ese pasaje dice que “en el lugar hay como 40 casas, no más. Hoy, cerca de 15 fueron compradas por narcotraficantes y cuatro de ellas, por una misma persona, que -tengo entendido- es de Concepción”.

Un día no entrarán más

No recuerda bien el año. Pero el hecho no se le va a olvidar más. El prevencionista de riesgo y, entonces bombero de Chillán, Pablo Pinto, acudió acompañado de otro voluntario, como carro de avanzada a un incendio de cuatro casas en el sector.

Una vez en el sitio, tomó el pitón de la manguera y “salieron cuatro tipos con cuchillo. Me agarraron y me empujaron dentro de las casas en llamas, me dijeron que no me iban a dejar salir hasta que apagara el incendio. Me acuerdo que la radiación del fuego, me estaba quemando”.

En otra oportunidad, los bomberos fueron amenazados y golpeados, por lo que arrojaron las mangueras al suelo y les dijeron “ya, si saben más que nosotros, apáguenlo ustedes”. Trataron y lógicamente no pudieron. Cedieron a la razón y dejaron a los bomberos hacer su trabajo.

Pinto dice que “es muy difícil trabajar en esas circunstancias, incluso para Carabineros”.

Añade que “allá viven personas buenas, trabajadoras y con las que se puede tratar, pero hay otros que, por problemas de drogas y delincuencia dura ya no se puede hacer mucho. En Santiago, ya hay lugares a los que Bomberos decidió no ir más, si esto sigue así, llegará el día en que acá tampoco”.

No hay dónde mirar

Juan Cristóbal Torres, sociólogo, ligado al mundo del fútbol amateur de la población Vicente Pérez Rosales, dice conocer la realidad desde adentro. Lejos de la hipocresía de quienes buscan decir frases para el Nobel de la Paz, admite que su diagnóstico “no es bueno”.

“Intervenir un lugar así es complejo, requiere de mucha constancia, años de trabajo. No sirve que hagan una campaña de uno o dos meses, porque así no es como se arreglan esos problemas donde hay droga, homicidios y delincuencia”.

Por más que estruje su memoria para dar con algún ejemplo en Chile o fuera del país en que se haya logrado intervenir un lugar así con éxito, admite que “no te puedo nombrar ninguno, pero tampoco he estudiado el tema a fondo. Lo que sí quisiera saber es qué programas concretos y a largo plazo hay para este barrio. Me pregunto cuántas veces habrá ido personal municipal a conversar con ellos, pero en serio. Estoy casi seguro que o nunca o muy pocas”.

¿Hay, entonces, solución? “Puede ser, pero tan a largo plazo, que a ninguna autoridad vigente le sale a cuenta, porque los resultado se verán cuando ellos ya no estén en sus cargos, entonces, no les interesa”.

$250 millones el 2023

Al menos, desde lo estructural, habría novedades.

El alcalde Benavente dice que “tras toda esta contingencia le hemos dado celeridad a un proyecto que busca abrir ese pasaje y generar una segunda salida que dé hacia calle Lazareto. Para hacer esto, necesitamos comprar tres viviendas, con una ya hay acuerdo, y luego financiar la pavimentación de cerca de 200 metros de camino, con luminarias y todo lo que implica abrir un pasaje”.

El jefe comunal anticipa que este proyecto significará recursos por cerca de $250 millones y de concretarse, la apertura estaría lista entre el 2023 y 2024. “Al menos ya no serían un pasaje cerrado que es una de las ventajas que utilizan las personas que allí se dedican al tráfico de drogas”.

Desde lo social, confirma que la Dideco sí tiene en algunos de sus programas a vecinos del sector, en especial a adultos mayores y se han podido generar algunos puestos de trabajo para ellos.

Algo es algo. Pero pareciera faltar mucho aún para reemplazar las habas por almendras.

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