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Las desconocidas historias de superación detrás de la hazaña de Ñublense

El técnico de Ñublense, Jaime García, luce 20 puntos en el costado superior de su pierna derecha, tras ser sometido a una cirugía de cadera que permitió sacarle un hueso desastillado por una artrosis severa que le generó dolor y una vistosa cojera durante casi todo el año.

Así, cojeando, soportando el dolor en silencio, que después se hacía casi insoportable para llegar a la recta final con su equipo y postergando su salud, mancillada por el covid-19 que sufrió el 2020 y que dejó secuelas en su corazón, el entrenador de Cartagena cumplió el objetivo de clasificar a Ñublense a la Copa Sudamericana 2022.

No es la única historia de esfuerzo y resiliencia que se fraguó en silencio detrás de los entrenamientos y este hito histórico para el club de los diablos rojos de la Región de Ñuble.

De desechado a goleador

El delantero Nicolás Guerra lo pasó mal en la U. Fue desechado de la tienda azul y víctima de un brutal bullying de parte de los hinchas.

Sin embargo, en Ñublense logró revertir la situación para transformarse en el goleador del equipo con 11 goles y el mejor asistidor.

“Fue clave la confianza del técnico y de mis compañeros. Eso me hizo muy bien”, confesó Nico, tras su feliz 2021.

Otra historia de revancha es la del talentoso volante argentino Matías Moya.

Al “Pibe” de 22 años le bajaron el pulgar en River Plate y en Banfield lo apodaron cruelmente el “Sin Piernas”. Cuando llegó a Ñublense le costó adaptarse a la dinámica de juego de Jaime García, tras casi un año sin jugar. Pero a poco andar y tras sufrir algunas lesiones musculares, se puso a tono en lo físico, desplegó su calidad en la cancha y terminó como extremo izquierdo titular y segundo goleador del equipo con 6 goles.

“Después me fui sintiendo más suelto y bien físicamente y eso fue importante”, resalta el “Pibe”.

La revelación

Pasó de la B a Primera A como un perfecto desconocido. El volante mixto zurdo Manuel Rivera llegó proveniente de Barnechea sin experiencia en la máxima categoría. Pero de la mano de Jaime García terminó de titular a base de superación y fue la revelación del equipo de García quien lo moldeó a su medida.

“Sabía que tenía que luchar y que al profe le gusta que uno deje todo. Y así fue, me dio toda la confianza siempre”, confiesa el zurdo.

“La Joya” se sacó brillo

“El proceso que he vivido acá es como una película”, repasa Federico Mateos, otra de las figuras que supo de luchas.

Llegó el 2018. Peleó el descenso y su pálido rendimiento gatilló las críticas de hinchas y medios que lo querían fuera. Lo dejaron y no paró de brillar como una “Joya”. Su derecha educada y técnica sacaron aplausos. Pero con Jaime García, desde el 2019, le sumó sacrificio a su juego. Mayor despliegue físico y fue el motor del equipo.

El 2020 fue el tercer goleador del Rojo campeón de la Primera B con 8 goles y este año aportó 4 tantos, soportando las críticas cuando tuvo un bajón “físico” debido a su infernal recorrido.

“Pero ahí estuvo el profe Jaime para bancarme y yo devolverle la confianza en la cancha”, evoca.

Los incansables laterales de Ñublense, Bernardo Cerezo y Jovany Campusano también atravesaron el infierno.

El primero fue desechado por Wanderers, pero en Ñublense renació de la mano de Jaime García, quien siempre le dio la libertad para ser agente ofensivo con corazón y potencia por la banda. Ni hablar del “Chucky” Campusano, que tuvo su revancha en Primera. El 2015 una grave lesión casi lo retira del fútbol. Alcanzó a jugar apenas 13 partidos en la máxima categoría, pero juró que volvería. Lo hizo con Ñublense de la mano de un director técnico que lo quiere como un hijo. Para muchos, fue uno de los tres mejores de la campaña, que jugó soportando contracturas para saborear su revancha. “El profe fue clave para mí y para muchos jugadores. Nuestro objetivo era llegar a la Sudamericana”, confiesa.

Finalmente, la campaña de Nicolás Vargas, también supo de obstáculos. A comienzo de año, no asomaba como titular debido a su sobrepeso. Pero se puso la jineta de capitán y fue el líder que necesitaba el equipo. Jugando como en la cancha de Cuenca, su pueblo de origen en la Sexta Región. Con pachorra se echó al equipo al hombro al igual que las críticas de quienes pensaron que no podría jugar en Primera. Marcó 6 goles y fue clave en duelos donde se necesitan “jugadores con barrio”.

Un puñado de jugadores, con espíritu combativo, junto a un técnico, que hace tres años no sabía “qué hacer para parar la olla”, dieron vida a una hazaña histórica.

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