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La otra brecha del agro

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Entre los muchos desafíos que tiene por delante la Región de Ñuble, hay uno que tiene urgencia y un profundo sentido ético: superar la amplia brecha salarial que afecta a los trabajadores silvoagropecuarios, que son los peor pagados de la zona, una realidad conocida por el mundo empresarial y por las autoridades, pero que no ha sido abordado de manera prioritaria como parte de un trabajo de planificación.

Según la Encuesta Suplementaria de Ingresos que realiza el Instituto Nacional de Estadísticas un estudio del Observatorio Laboral de Ñuble, el ingreso promedio de la población ocupada en la región es de $441.592, siendo el más bajo de todo Chile. Pero si ya esa realidad nos ruboriza, lo que ocurre con el salario promedio de los ocupados en actividades silvoagropecuarias, que apenas supera la mitad, es una abominación.

La desmejorada situación de los trabajadores agrícolas, caracterizada por la precariedad del empleo (alta informalidad) se explica principalmente por dos factores: la baja calificación de la mano de obra local y la escasa rentabilidad del trabajo, basado principalmente en la extracción de materias primas, lo que se confirma al observar los ingresos de los ocupados en la agroindustria, que supone una agregación de valor a la producción. Y es que mientras el 74,8% de los ocupados de Ñuble no posee estudios superiores, esa cifra se eleva a 92,2% entre los trabajadores agrícolas.

A estos factores se suma la alta emigración de jóvenes desde comunas rurales a zonas urbanas, tanto dentro como fuera de Ñuble, ya sea para continuar estudios o para buscar mejores oportunidades laborales, lo que favorece un círculo vicioso que muestra una progresiva fuga de capital humano calificado que reduce las oportunidades de generar emprendimientos e innovación en el sector agrícola.

A este panorama también contribuye el escaso número de empresas de tamaño mediano o grande, y en consecuencia, las bajas tasas de inversión, alejando las posibilidades de salir de la dependencia de las materias primas.

Frente a esta problemática, la región tiene la titánica tarea de abordar las desigualdades salariales no solo como un imperativo social, sino que también como un objetivo estratégico para el desarrollo económico local, ya que apostar por el mejoramiento del capital humano, fomentando una mayor cobertura de la educación formal y ampliando las opciones de educación superior, contribuirá a aumentar la rentabilidad del trabajo en actividades con mayor agregación de valor, como la agroindustria, lo que se debiese traducir en un mejoramiento de los salarios, lo que tendrá un impacto en la economía en general, al incrementar el poder adquisitivo de los consumidores.

Para lograr este objetivo, sin embargo, se debe definir como una estrategia de desarrollo romper el círculo vicioso, fortaleciendo la educación y mejorando la calidad de vida en zonas rurales, reduciendo las brechas de acceso a tecnología e incrementando la investigación científica, promoviendo la asociatividad y el emprendimiento, atrayendo inversiones que apunten a la agregación de valor y aumentando la superficie con seguridad de riego.

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