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La huacha o la mestiza abusada por los talibanes chilenos

Tenía el rol de “empleada para todo servicio”. Aquella niña de la cocinera y de del patrón (o bien de su hijo), no merecía sueldo, horarios laborales ni menos respeto por su cuerpo. Porque la corporeidad de las hijas de los inquilinos de la hacienda patronal chilena, las vinculaba a múltiples experiencias de abuso. Porque hasta hace unos cincuenta años, socialmente se le atribuía a los cuerpos femeninos nacidos en el campo, el ser objeto de goce del hombre y como una forma de propiedad privada. Eran para el uso, una subordinación imperante en la mentalidad rural patriarcal. La violencia sexual del patrón contra ésta, generalmente quedaba impune debido a la insignificancia social que se le otorgaba. Esta violencia se presentaba en situaciones donde la niña o joven tenía el rol de sirvienta en el contexto de familias trabajadoras de los hacendados. Pero además, la huacha se encontraba en el abuso sexual proveniente de sus propios hogares, esa otra vulnerabilidad mayor a la que se veía expuesta en relación con sus hermanos varones. Debido a aquella servil condición, “la moral de las señoritas es la moral de las prostitutas porque las prostituyen sus patrones. Las hembras –decía de Rokha- viven como perras y no son perras, son vírgenes pisoteadas, violadas en los potreros, como yeguas, y abandonadas con el hijo hambriento entre los pechos; caen más tarde vencidas…”
Una vez con un crío entre los brazos, siempre de allegada en la cada vez más estrecha casa que ocupaban sus padres inquilinos, su camino eran la cocina y el destripe de las aves, el arroyo adonde debía r a diario a lavar cientos de piezas de ropa, el galpón abierto para escarmenar la lana o el corral como ordeñadora de las vacas. En las actividades y oficios que desempeñaban niños huachos y niñas huachas también es posible notar importantes diferencias. Mientras los huachos podían optar por el trabajo libre en los campos como gañanes, el trabajo en minas como matasapos o –ya en el siglo XX– en trabajos industriales, la gama de opciones de la huacha era más reducida. Recién en el siglo XX se le abren posibilidades para el trabajo industrial, trabajos tradicionalmente desempeñados por hombres. Por lo que la opción más segura era aquella que tenía relación con el rol social asignado a la mujer: el trabajo doméstico, el cual se efectuaba en casas señoriales, surgiendo de ello la figura de la china, la cual vivía en permanente violencia sexual y física, tal como plantea Toro y Muñoz: “La mayoría de las sirvientas o criadas fueron maltratadas (a menudo violadas) por sus amos en las ‘casas de honor’ donde trabajaban”.
Por otro lado, el trabajo del huacho con la huacha también se diferencia con lo relacionado al trabajo del propio hogar. Mientras el huacho trabajaba largas jornadas para contribuir a sí mismo o al sustento familiar, las huachas generalmente trabajaban estas mismas horas (ya sea en las fábricas, de costureras, lavanderas, temporeras o prostitutas), pero además continuaban trabajando en las tareas hogareñas, padeciendo la llamada “doble jornada laboral”. Allí enfrentaban la enfermedad de los niños y el alcoholismo nocturno del hombre. Rosaria Araya, una joven campesina pobre y soltera, la cual, luego de parir cuatro hijos (un varón y tres mujeres), muere a causa de los dolores y la desesperación por no tener los medios para mantenerlos. Este drama tan repetido y que narra como prototipo el historiador G. Salazar, dice que el varón es inmediatamente adoptado por una familia por caridad, mientras que sus otras tres hermanas son criadas en la escasez por su abuela y vecinas. Esta marginación que las niñas sufren desde su más tierna infancia, trae como consecuencia utilizar su abandono para generar recursos. Es decir, desempeñarse en el oficio de la prostitución y la trata de blancas. En 1920, el 80 % de las prostitutas provenían de un hogar incompleto o deshecho; y más del 60% de ellas habían tenido su primera relación sexual entre los 12 y los 16 años, la cual presuntamente puede haber ocurrido bajo forma de estupro o incesto, perpetrado por los hombres convivientes de las habitaciones insalubres y hacinadas donde pasaron su niñez. Así, la historia de Chile generó sus talibanes pero sin la fe del Profeta y ni siquiera la burka que tapara en algo la vergüenza de sus hijas huachas.

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