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Fe en tiempos de pandemia

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La fe religiosa, como confianza en la presencia amorosa de Dios en medio nuestro, es un dinamismo que mueve la vida de muchas personas, y cada circunstancia histórica nos pide respuestas renovadas. La crisis de la iglesia nos ha pedido una fe que busca la conversión. La crisis social del país, una fe comprometida con la justicia y la paz. ¿Qué fe nos está pidiendo este tiempo de pandemia, con sus incertidumbres, temores y sufrimientos?

Lo primero y fundamental es confiar en que la fuerza y la ternura de Dios nos acompañan cada día. Huir de una actitud “fideísta”, que cree que la fe lo va a librar del peligro y que es posible saltarse los criterios que la razón impone, buscando protección en devociones mágicas o de dudoso valor. Huir también de una fe rígida, que no es capaz de cambiar hábitos o adaptarse a las circunstancias. Y alentar en nosotros esa certeza de que el Resucitado nos sostiene precisamente en medio de nuestras vulnerabilidades e inquietudes. Es lo que san Pablo predica a los atenienses, al decirles que Dios “no está lejos de ninguno de nosotros, ya que en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 27). Nos gustaría ser eximidos del dolor, pero Cristo en la cruz nos recuerda que hay una forma creyente de vivir la prueba, incluso la muerte. De nuevo Pablo nos ayuda: “Estoy seguro de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni potestades, ni presente ni futuro… ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom 8, 38-39).

Lo segundo es pedir a Dios una fe que nos haga sentirnos un cuerpo con los demás, no sólo con los cristianos, sino con todo el mundo. Que nos dé la experiencia del cuerpo que Pablo pide a los corintios, en que “si un miembro sufre, sufren con él todos los miembros; si un miembro es honrado, se alegran con él todos los miembros” (1 Co 12,26). Esto nos sitúa en la perspectiva de la responsabilidad social y la edificación de la fraternidad universal, superando los individualismos y las dinámicas del “salvarse solo” o del “sálvese quien pueda”. “Este tiempo es oscuro para todos. Aquí se llora y se sufre. Todos. Solo podremos salir de esa situación juntos, como humanidad entera”, ha dicho el Papa Francisco recientemente.

Y lo tercero es no olvidarse de “la fe que obra por el amor” (Gál 5, 6) o que “la fe sin obras está muerta” (Sant 2, 17). En este momento la mayoría podemos hacer sólo gestos sencillos, pero importantes: acompañarse con los familiares cordialmente, apoyar al que está solo o más frágil, llamar al amigo, etc. Pero la crisis será larga y requerirá solidaridad y creatividad. No pasará mucho tiempo en que será necesario cuidar enfermos, ayudar con alimentos al necesitado, alentar al que está sin trabajo. Con las precauciones del caso y dentro de la normativa vigente, habrá que suscitar grupos de voluntarios, reorganizar la ayuda fraterna y acompañarnos unos a otros en la precariedad.

La esperanza siempre nos acompaña. “Cristo resucitado y glorioso es la fuente profunda de nuestra esperanza (…) En medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto. En un campo arrasado vuelve a aparecer la vida, tozuda e invencible” (Francisco, EG N° 276)

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