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Entusiasmo y convicción

Diversos sectores productivos de la nueva región han buscado en la última década poner en la agenda de las autoridades nacionales ciertos temas que son de su interés y supuestamente nos conducirán hacia un mejor estatus de desarrollo. Lo vemos con obras de riego, políticas de fomento y protección para algunos rubros e incluso en la propia creación de la región de Ñuble, donde su atraso respecto a Concepción fue un argumento basal.

Sin embargo, al analizar el discurso detrás de estas demandas, se constata que buena parte de sus planteamientos ponen el énfasis en las carencias y muy poco acento en las oportunidades que Ñuble debiera vislumbrar como realizables si se dan ciertas condiciones. Queda la sensación de que la queja le termina ganando al entusiasmo y a la convicción.

Es cierto que se necesita más recursos y mayor descentralización (todas las regiones de Chile tienen este clamor), no obstante parece igual de necesaria una reflexión que nos lleve a pensar qué podemos lograr a partir de lo que somos y tenemos, no de lo que no somos y no tenemos.

Por otra parte, debería también entenderse que la intensidad y premura de los cambios que Ñuble requiere serán excedidas por el nivel de respuesta del nivel central. De manera que, o se trabaja desde ya con lo que hay, o seguiremos escuchando letanías.

¿Qué tenemos? Una región que circunscribe a un modelo agroforestal, de comercio y servicios, pero también con potencial en rubros como la logística y el transporte, la cultura y la educación, la generación de energía, así como la ciencia y la tecnología. Asimismo, tenemos una comunidad integrada por personas con arraigo, deseosa de capturar oportunidades para desarrollarse.

El experto en desarrollo territorial, Sergio Boisier, plantea que la identidad también puede jugar un rol importante en cuanto promover tres principios que deberían encontrar eco en nuestro sistema económico: desarrollar productos globalmente aceptados y propios de la cultura local; proponer que cada localidad recurra a sus propios recursos y potencialidades para desarrollar estrategias que posicionen a sus productos en los mercados priorizados, e incentivar y promover nuevos liderazgos, así como la investigación y capacitación permanente. Un modelo de desarrollo competitivo económicamente y anclado en aspectos identitarios es la fórmula que muchos países desarrollados han utilizado para que los diferentes territorios desplieguen sus mejores condiciones, esas que incentivan su autorrealización y al mismo tiempo hacen de ellas un instrumento para su crecimiento y el de su comunidad. El ejercicio de dibujar un horizonte común requiere que nos animemos a mirarnos al espejo y describir qué vemos. Después de tal ejercicio, acaso no nos reconociéramos. Y por ahí, justamente, deberíamos comenzar: por reconocernos y advertir, de ese modo, nuestras fortalezas y debilidades, y las acciones necesarias para capitalizarlas. Luego será el turno de reclamar al Gobierno central recursos y también poder. Lo otro -como dicen en nuestro amado campo- es poner la carreta delante de los bueyes.

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