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Contra la opinión ajena

Agencias

Las divergencias, dentro del marco democrático, deberían ser más un motivo de celebración que de desdicha. Qué mejor que fluyan ideas diferentes que, confrontadas con otras de diversa concepción, podrían llegar a mejorarse mutuamente con matices que no habíamos tomado en cuenta.

Sin embargo, hace ratos que vemos que ese formidable y democrático ejercicio es desconocido por buena parte de los candidatos a los diferentes cargos de elección popular que se celebrarán este fin de semana, donde vemos que abundan las afrentas y descalificaciones para quienes piensan distinto.

La intolerancia y miedo a la opinión ajena suele expresarse de manera activa y exagerada en las redes sociales, donde el intercambio de insultos y difamaciones se ha vuelto más usual que el debate pacífico y sin trampas.

¿Será que tememos inconscientemente ser convencidos? Psicólogos sociales y analistas políticos piensan que puede haber una pulsión atávica por los años vividos bajo la dictadura militar y su legado en democracia, que nos hacen inconscientemente retroceder y amordazarnos.

El asunto es que nuestra historia reciente nos recuerda que los resentimientos y las antinomias constituyeron el motor de graves enfrentamientos. Y si bien el momento actual no es afortunadamente comparable al de los trágicos años setenta, nunca está de más advertir sobre las consecuencias de vivir convencidos que las únicas ideas válidas son las que circulan por nuestra cabeza y que exactamente ésas deberían transitar por todas las demás.

Esa es la invitación que cada año hace la Asamblea General de las Naciones Unidas, al conmemorar el Día Internacional de la Tolerancia, instituido el 16 de noviembre de 1996, con el objetivo de “fortalecer la comprensión mutua entre las culturas y los pueblos”, según expresa tanto la Carta de la ONU, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

El mensaje es muy claro: exponernos a otras ideas nos hace más tolerantes, cultos, sensibles y mejores personas.

Hagamos el esfuerzo, entonces, los ciudadanos de a pie, ya que buena parte de los políticos y de quienes aspiran a cargos de elección popular no parecen convencidos de esos beneficios. En las 12 instancias de debate en las que han participado en los últimos 10 meses, sobran las zancadillas, las descalificaciones e incluso las mentiras.

Pero ese deterioro no tiene por qué llevarnos también a nosotros a transitar por ese callejón sin salida. La búsqueda del bien común solo puede nutrirse del diálogo y de la tolerancia, y por lo mismo, el respaldo ciudadano debería siempre favorecer no a quien promete lo que todos quieren escuchar, sino a quien es capaz de escuchar más y vociferar menos.

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