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Adolescentes y drogas

El tejido de la vida social es una realidad porosa, y en ella los menores que se van abriendo al conocimiento del mundo reciben, como es lógico, las influencias del entorno, tanto positivas como negativas. Entre las últimas están aquellas a las cuales pueden ser particularmente sensibles los niños y adolescentes.

Se trata de incitaciones al consumo que pueden llegar a convertirse en adicciones cuando se establece una dependencia con una sustancia como la marihuana, la pasta base u otras drogas que han proliferado en Chillán, según reportan funcionarios policiales y agentes terapéuticos. De hecho, lo primero es advertir que los peligros que entrañan las drogas han crecido en relación con las facilidades de su adquisición y consumo. De enero a la fecha, entre la PDI y Carabineros ya completan más de 6 toneladas de droga incautada y -como nunca antes- armas de grueso calibre.

El segundo aspecto, muy preocupante, es la constatación de que el narcotráfico está enfocado en los niños y adolescentes, a fin de proyectarlos como consumidores estables a futuro. Una amplia oferta de drogas sintéticas, que son más adictivas y el uso de aplicaciones como Grinder para comprarlas, ha dificultado aún más la persecución de los traficantes.

Entre los consumidores hay dos segmentos muy marcados: menores en situación de vulnerabilidad y niños y jóvenes que viven sus padres. Los primeros suelen dormir en lo que llaman “caletas”, que son casas donde se reúnen muchos menores a vender y consumir drogas. En Chillán, se calcula que hay entre 8 a 10 “caletas”, cada una con 40 a 50 niños, niñas y adolescentes.

De acuerdo a datos del tribunal de Familia, cerca del 90% de los colegios de Chillán ya han declarado hallazgo de drogas en poder de sus alumnos, por lo que pensar que este es un problema propio de los sectores vulnerables es un error.

Por su función y proximidad, son los padres los llamados a captar conductas irregulares, aunque les cueste más admitirlo, porque gravita en su responsabilidad. Lo primero, es ser prudentes en la observación. Siempre se necesita un tiempo de razonable observación antes de confirmar o descartar una presunción.

Igualmente, debe reconocerse que pese a haber razones circunstanciales inmanejables que conducen a abusar del alcohol y las drogas, también es cierto y comprobable que los adolescentes que sucumben a las adicciones son por lo general los que no están siendo bien queridos, es decir, los que no sienten el contacto, la cercanía, la intimidad, con adultos comprensivos y maduros. Por eso importa mucho cuidar el contacto interpersonal con los adolescentes, promover con fluidez el diálogo con ellos y transmitir siempre afecto y confianza. Y algo sustancial que hay que reiterar con firmeza: la familia es la institución que debe actuar primariamente en la función preventiva.

Para quienes buscan instalar la cultura de la droga no existen límites materiales ni morales. Por ello, resulta imprescindible crear conciencia en niños, niñas y jóvenes del grave peligro en que pueden encontrarse, ya sea por ingenuidad, falta de diálogo familiar o desconocimiento y debilidad de sus padres o de una sociedad inmersa en la cultura del dinero fácil, de la tolerancia mal entendida y del placer por el placer mismo, olvidando que hay que guiarlos para que asuman, poco a poco, una libertad madura y responsable.

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