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El reventón

Hace pocos días, el miércoles 16 de octubre para ser más preciso, tomé como muchas veces un bus del Transantiago, luego de hacer un trasbordo desde el Metro. Este aún funcionaba con algunas dificultades por las “evasiones masivas”.

Tengo por costumbre usar el trasporte público por varias razones. En primer lugar, es más económico y más eficiente a la larga, porque la congestión es menor en muchos casos, cosa no muy comprendida por quienes consideran que andar en un auto es un símbolo de status. En segundo lugar, me permite hacer algo de ejercicio lo que contribuye a mi salud física y mental. Como arquitecto disfruto, además, mirando los distintos barrios y edificios de la ciudad. Pero tal vez lo más importante es que es dejo mi burbuja y me mezclo con la diversidad social y ahora racial. Así no pierdo el sentido de la realidad, especialmente en una ciudad tan segregada como Santiago.

El transporte público que circula desde el sur hacia el oriente va con muchos trabajadores que se desplazan a su lugar de trabajo. Esperé largos minutos hasta que llega el bus 405. Desde su interior, a través de los vidrios manchados, viejos y raya dos, se ve con suficiente nitidez un mundo que no tiene nada que ver con el paisaje urbano desde donde proviene la mayoría de los pasajeros. Allá no hay un paradero digno, ni un centímetro de prado o jardín, muy diferente a la belleza urbana, propia de un país desarrollado, que desfilaba frente a sus ojos.

El bus hacinado acomodaba a los pasajeros con bruscas frenadas. Un pasajero ubicado cerca de la puerta trasera, murmuraba: “qué bonito, qué hermoso todo, qué edificios tan lindos y nosotros hacinados y endeudados, qué rabia más grande”, expresaba con ojos húmedos. Luego subió un segundo pasajero, más indignado aún que el primero y grito enfurecido que llevaba dos horas esperando, se mofó de los autos de “alta gama” que circulaban alrededor y cuando se bajó -luego de ironizar con apellidos de conocidos empresarios, los cuales recitaba con singular fluidez- un cerrado aplauso culminó con su periplo. Luego sobrevino un silencio y algunas conversaciones en voz baja, otros sonreían nerviosos y los menos mostraron cierta molestia.

Finalmente, llegué a mi destino. Un par de horas más tarde me junté a almorzar con mi esposa, a quien le comenté lo que había vivido. Me mostré muy preocupado, le dije textualmente: “la gente tiene mucha rabia, creo que viene un reventón social…”

No imaginé que unas horas más tarde la rabia iba a empezar a manifestarse cada vez con más intensidad, con las secuelas incontrolables de destrucción, vandalismo y saqueos, ante el silencio sepulcral de las autoridades. La crisis ha estallado con múltiples esquirlas. Tres días de destrucción, violencia y saqueos. El Gobierno por fin se aviene a congelar el valor del boleto de Metro. Se declara toque de queda, nadie lo respeta, siguen los saqueos. Tengo un sentimiento de dolor, rabia, frustración y -aunque parezca raro- también de esperanza. 

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