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Un secreto mapuche esconde esta crisis

Esa tarde ,  luego de los primeros incendios del metro y de la gigantesca marcha de Plaza Italia, la anciana mapuche María Millacheo meditó en su hogar de Cerro Navia. De improviso le sobreviene un perimontu, una visión: “Todo comenzó sobre el cerro Welen o Santa Lucía aquí, en el centro de Santiago. Mirando hacia arriba del cerro observo que desde la cumbre vienen hacia m í   siete caciques antiguos. Yo no los entiendo a la primera. Ellos se dan cuenta de mi incomodidad y se acercan un poco más. Veo que también está con ellos una mujer blanca, una dama con vestidos españoles antiguos. Me hablan más claro y les entiendo. –“Ahora podemos irnos, me dicen, ahora sí que podemos partir todos nosotros, porque ya no es necesario estar más aquí. A pesar del humo del fuego de abajo, no me impide ver sus tranquilos gestos por empezar a verse liberados. Suben contentos al  a z ul ,   porque ahora hay un solo pueblo luchando en Santiago”.

Cuando me lo narra María, con raro escalofrío lo conecto con lo que ya sabíamos: hace 478 años Inés de Su á r ez, la mujer del  c o nquistador Pedro de Valdivia, su manceba que le había acompañado desde el Perú, degüella por su mano a siete caciques prisioneros como medida extrema para salvar la caída y quema total de Santiago. En esta hora de “despertares” colectivos, y más allá del populismo, del aprovechamiento político y el egoísmo de las elites; más allá de los planes perversos del Nuevo Orden Mundial sobre Chile, las debilidades institucionales y del desenmascaramiento de la burbuja perversa que creó el modelo de consumo, de la inmensa ceguera política, postulo ver a Chile “sub species aeternitatis”. Esto es “bajo la mirada de la eternidad”. Aunque arriesgue ser considerado utopista, postulo ver esta crisis de total ingobernabilidad con otra lógica, más superior y distante, con una perspectiva más sobrenatural. Aunque muy débil y confuso todavía, hay aquí un espíritu nuevo y desconocido que intenta abrirse paso. En medio del caos, los ojos sin visión y de la angustia, hay algo superior que clama bajar -o bien emerger, porque quizá s  viene de lo más ancestral y atávico de nosotros- un Algo que está buscando auxiliarnos en esta negra hora que precede al Gran Cambio. Porque es en todo Occidente el sacudón, hundido en el más salvaje materialismo. Se trata de una forma de vida espiritual desconocida que representaría a la  v i da defendiendo la vida.

Porque por encima de nosotros, a pesar de nosotros y de nuestros errores en la reacción, invisiblemente, sobre este territorio es otro el  p l an que quiere manifestarse: “la armonía oculta es superior a la manifiesta”, sentenciaba sabia y o s curamente Heráclito hace 2 . 500 años. Creo que lo acaecido con el fuego consumidor de 40 estaciones de metro, de mil hogares en Valparaíso en el 2014, de tres mil verdes bosques en los veranos pasados, con las decenas de terremotos en el norte y en el sur en épocas tan recientes, representa una misteriosa señal a renacer desde un  o t ro-ser.

Sea que la Naturaleza -o la estupidez humana, o la locura de unos anárquicos jóvenes, o lo que sea el urgente y brutal detonante- hace ya mucho rato que nos estaba exigiendo subir, abandonar el valle del conformismo racionalizador y quemar el viejo molde-país, la hipócrita simulación moral con la cual nos quería envilecer el modelo colonizador. Bienaventurados los que tengan ojos para ver y oídos para escuchar, porque quien no comprenda se condena a ver “movidas” y a no entender nada, a no despertar de verdad y repetir las cadenas del karma. Tal como la visión de María, llega la hora de respetuosamente ver la  a r monía oculta detrás de todo  e s te y otros desastres que vendrán, la hora de subir al quemado cerro del Treng-Treng para todavía subir  m á s  a l to.

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