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Ubi concordia, ibi victoria

Algunos podrán notar que junto con la ampliación del campo de discusión política que estamos viviendo, en el ambiente cívico se advierte la estridencia de una densa y rara mezcla de desconfianza e ilusión en medio de una sofocante atmósfera de confrontación. Si se mira con algo más de detalle este contexto, no será difícil darse cuenta de que a muchos políticos les falta madurez, prudencia y honestidad para abordar con sentido de responsabilidad los compromisos que la cúpula dirigente ha hecho al país.

¿Por qué a los políticos modernos les cuenta tanto practicar las virtudes cívicas? Situados en un camino que busca articular un equipo humano con altas capacidades éticas y técnicas para que propongan una nueva Constitución para la república, es necesario, en específico, que se descarten dos nocivos elementos socio-políticos que descomponen todos los nobles objetivos que la ciudadanía se ha trazado en miras de un mejor bienestar. Por un lado, la discusión política, para que genere cambios nutritivos tiene que estar libre de ese típico y complejo polvorín de animadversión cívica, que suelen promover los enemigos de la democracia ante cualquier atisbo de cambio en el andamiaje del poder político. Para ser preciso, no se puede tolerar ni la violencia física (pillaje, destrucción de espacios públicos y privados, vandalismo y terrorismo), como tampoco se puede permitir aquella conducta que mediante la descalificación, procura sacar de la discusión a quienes plantean contrapuntos o innovaciones, tal como acontece con las funas, las calumnias y los más diversos estilos de argumentos ad hominem cada vez más recurrentes en las redes sociales. Por otro lado, el desarrollo de un proceso racional, abierto, honesto, y dialógico, que pretenda ser constructivo, fértil y fructífero, requiere comprender que el bien común se sitúa siempre por sobre cualquier bien parcial, pero sin conculcar el bien personal, pues la meta es para todos y no solo para algunos.

En este sentido, conviene tener presente que la realidad y concreción del bien común supone un componente moral que debe tener como fundamento la dignidad de la persona humana, lo que es contrario a los deseos y ansias de uniformidad, propósito tan distintivo de los totalitarismos y de los fascismos.

En consecuencia, resulta imprescindible y al mismo tiempo ineludible, para la época de cambios vertiginosos y cruciales que estamos viviendo, que los dirigentes políticos comprendan que para lograr los altos objetivos que la ciudadanía se ha impuesto se requiere que actúen con amistad cívica.

Es cierto que los ciudadanos tenemos que poner de nuestra parte, comprometiéndonos en fomentar un ambiente de discusión civilizada. Sin embargo, la dirigencia política no puede menos que liderar estas transformaciones con un alto sentido de responsabilidad, expresando en su conducta altos niveles de empatía, diplomacia, y una sincera amistad cívica para alcanzar, de esa manera, un nivel de desarrollo común del que las próximas generaciones se sientan orgullosas. Ubi concordia, ibi victoria: donde hay acuerdo, armonía, entonces hay victoria.

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