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Tradición y transformación

La Discusión se fundó un 5 de febrero de 1870, cuando Chillán, gracias a la agricultura productora de granos, se perfilaba como una de las ciudades más prósperas del país, pero que necesitaba para completar su desarrollo de un diario que promoviera el debate y ayudara a pensar y a entender el futuro que tenía por delante. Así lo entendió el abogado, banquero y hombre de espíritu público, Juan Ignacio Montenegro, y así comienza a escribirse una historia de tres siglos que nos sitúa como el segundo diario más antiguo de Chile y el tercero de Sudamérica.

Primero fuimos un periódico semanal, pero dos años más tarde ya circulábamos tres veces a la semana. La primera gran noticia que publicamos fue la llegada del tren procedente de Talcahuano. Un 14 de abril de 1874.

Tras la muerte de su fundador, el periódico quedó a cargo de Ángel Custodio Oyarzún, quien debió luchar contra la pobreza de elementos tecnológicos, pero pese a las dificultades, alcanzó una respetable envergadura periodística, en buena parte gracias al servicio telegráfico y cablegráfico con el que contaba el diario desde su fundación. Durante la Guerra del Pacífico, por ejemplo, La Discusión mantuvo al corriente a sus lectores de todas las fases de la contienda hasta mucho después de firmada la paz.

Después del fallecimiento de Oyarzún, en 1909, hubo tres décadas en que se sucedieron diversos propietarios y directores, siendo el más destacado y trascendente para continuar esta saga, el periodista Jorge Silva, quien logró estabilizar un buque que por momentos estuvo a la deriva y en riesgo de naufragar.

Pero en 1936, año que debemos subrayar en nuestra historia, asumió como propietario y director periodístico, Alfonso Lagos Villar, un empresario local -oriundo de Minas del Prado y formado en la educación pública- quien no solo modernizó tecnológicamente al diario, sino que lo condujo por el sendero de un periodismo al servicio de la gente. A él le tocó enfrentar el terremoto de 1939, que destruyó por completo la ciudad, sin embargo, el diario solo estuvo detenido dos meses y cuando volvió a circular, se transformó en un catalizador del proceso de reconstrucción y en un promotor del renacer de Chillán y Ñuble.

Fue en esa época en que nos trasladamos hasta el edificio de calle 18 de septiembre, que es obra de Hernán Larraín Errázuriz, el mismo arquitecto de la Catedral de Chillán, quien optó por formas simples y un estilo modernista que nos ha valido integrar el catálogo de las construcciones patrimoniales más importantes de la ciudad.

En agosto de 1976, Alfonso Lagos decidió donar el diario a la Universidad de Concepción, la única institución que podía garantizar la continuidad de su legado, con respeto a los principios de libertad de opinión, tolerancia y orientación hacia el bien común que nos ha caracterizado hasta nuestros días.

En este contexto, hemos sido parte de un inédito proceso de integración de los medios pertenecientes a la Corporación Universidad de Concepción, una condición que ha potenciado nuestro trabajo, como también el deber de siempre ser un instrumento de información veraz y oportuna, capaz de interpretar las problemáticas locales e identificar sus posibles soluciones.

En los últimos 40 años el diario ha contribuido a empujar los avances de Chillán y la Región de Ñuble y ha dado lugar al más amplio abanico de opiniones e ideas, esforzándose por analizar e interpretar la realidad desde una mirada objetiva y profesional, sin segundas intenciones ni otro interés que el meramente periodístico.

Enfrentamos con éxito las transformaciones tecnológicas que trajo el cambio de siglo. Digitalizamos la producción de noticias desde el diseño hasta la fotografía, incorporamos narrativas multimedia y reestructuramos nuestra dinámica de trabajo mediante la integración de distintas plataformas. Hicimos todo eso, pero nunca dejamos de imprimir nuestra tradicional edición de papel. Eso, hasta el 24 de marzo de 2020. Como una amarga coincidencia, el año en que conmemorábamos un siglo y medio de vida, la pandemia del coronavirus nos obligó a poner en pausa nuestra prensa rotativa y acelerar nuestro proceso de digitalización

No cabe duda que estamos inmersos en un nuevo escenario para el periodismo y los medios de comunicación, extremadamente dinámico y complejo. Antes del estallido social y la irrupción del coronavirus ya se habían manifestado a nivel mundial buena parte de las causas que han puesto en riesgo la continuidad de tradicionales casas periodísticas, de lo cual no hemos sido ajenos. Pero hemos sabido salir adelante, esforzándonos para estar en sintonía con los procesos que vienen transformando las comunicaciones desde la última década y que nos han permitido alcanzar y consolidar nuevas audiencias: más de 150 mil personas reciben a diario nuestras informaciones en distintas plataformas, mensualmente registramos un promedio de 3,5 millones de visitas y nuestras redes sociales son las de mayor alcance en toda la región.

Las cifras dan cuenta de nuestra vitalidad, pese a la crisis originada por la pandemia del coronavirus y antes, por la disrupción en el negocio de la publicidad que amenaza la sostenibilidad financiera de los medios de comunicación tradicionales.

Sin embargo, somos muy conscientes de nuestro rol y no nos encandilamos con la tecnología, ni confundimos la renovación con la alteración de la sustancia de la que se han nutrido generaciones de periodistas y colaboradores, comprometidos con la misión de informar con integridad y opinar según una doctrina que se extiende desde 1870 y que esperamos prolongar, ahora desde las plataformas digitales, siempre con la responsabilidad heredada por nuestros fundadores de dotar a Ñuble de un diario que asuma su rol de moderador del debate político y social, interpele a las autoridades para que cumplan sus promesas y contribuya al demorado progreso de la Región de Ñuble. 

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